La democracia en Brasil vive su mayor prueba desde la recuperación de la legalidad constitucional en los idus de los años 80 y la aprobación de la nueva Constitución en 1988.
En esta primera vuelta de la elección general —Presidencia, Congreso, Gobernadores y Cámaras legislativas de los estados— Brasil votó dividido entre dos candidaturas que deferían profundamente entre sí: por un lado, la del Presidente Lula, que postula a su reelección —en lo que sería su cuarto mandato, no consecutivo— con una plataforma de defensa de la soberanía, de la democracia, del Estado como inductor de la justicia social y una activa diplomacia que incluye la actuación en los BRICS; y por otro lado, la candidatura de Flávio Bolsonaro, el hijo mayor del expresidente Bolsonaro, quien no puede competir porque está preso y con sus derechos políticos inhabilitados.
Esa candidatura defiende un neoliberalismo extremo, con la destrucción de la protección social del Estado, el alineamiento acrítico con los intereses estadounidenses, en particular con la agenda de Donald Trump, alianza con Israel y todo lo que ella representa, y hostilidad hacia las inversiones chinas, a pesar de su importancia para el país, además de un extremo individualismo y la devoción (¿real o cínica?) al conservadurismo en las costumbres predicado por las iglesias neopentecostales.
Todo esto sin mencionar los escándalos de corrupción en los que el candidato está siendo investigado, las declaraciones de que entregaría a los Estados Unidos las tierras raras (de las cuales Brasil es el segundo poseedor mundial, después de China) y los minerales críticos; las fotos que muestran su participación en "fiestecitas" organizadas por el representante de lo que sería en Brasil el equivalente al caso Epstein en EE.UU., y los vínculos, nunca por él negados, con sicarios y grupos paramilitares.
La elección se definirá en la segunda vuelta, el 25 de octubre. En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro quedó al frente, con el 47,03 % de los votos, y Lula en segundo lugar, con el 45,16 %.
El resultado es interpretado como consecuencia no solo de cuestiones domésticas, sino también del crecimiento de la extrema derecha en el mundo. En el caso brasileño, ese fenómeno se manifestó claramente por primera vez con la victoria, en 2018, del padre del actual candidato, Jair Bolsonaro. Y el avance de las fuerzas de extrema derecha en el país se hace explícito ahora por la adhesión recibida por el candidato Flávio Bolsonaro.
De hecho, ese avance estaría impulsado, según denuncias (hechas incluso por exintegrantes de la CIA) que están siendo investigadas por la Policía Federal, por un fuerte apoyo desde el exterior. Un apoyo traducido en fortunas de dinero, información de los servicios de inteligencia de Estados Unidos y de Israel que incluyen resultados de investigaciones de comportamiento social y sofisticados medios técnicos, caracterizando variadas formas de intromisión extranjera, como ocurrió en las elecciones recientes en Chile, Bolivia, Ecuador, Perú, Colombia… Todo esto demuestra que el presidente Lula enfrenta en esta campaña una oposición mucho mejor estructurada nacional e internacionalmente, y por lo tanto más peligrosa que la de 2022.
El resultado final de la elección en Brasil tendrá repercusiones en toda América Latina, en particular en América del Sur, por el peso demográfico, económico y político de Brasil. Basta recordar que, a partir de la dictadura instalada en Brasil en 1964, se inició el "efecto dominó" de instalación de regímenes autoritarios (y las escuelas de tortura) en Chile, Uruguay, Argentina, Perú…
Hoy Brasil está rodeado de gobiernos de extrema derecha, con la única excepción de Uruguay. Si un gobierno de extrema derecha y servil a los intereses norteamericanos se instala en el país, los Estados Unidos, vía "Doctrina Donroe" – Dotrina Monroe, corolario Trump - , habrán asegurado el control de esta región, por ellos considerada su "patio trasero"… Y la recuperación de la soberanía y de la democracia en América del Sur podría llevar décadas.
Un analista político brasileño publicó un artículo que es también un llamado de atención sobre este hecho, señalando que una victoria de la extrema derecha en la segunda vuelta de las elecciones en Brasil puede ser la última oportunidad en que todos los brasileños vivos en este momento tengan el derecho de votar… No es casualidad que el presidente Lula haya recibido, desde diferentes sectores sociales y políticos latinoamericanos, calurosas declaraciones de apoyo.
La importancia de la resistencia de Brasil al completo dominio de la región por la ultraderecha y por Washington es fácilmente comprensible más allá de las fronteras.En este marco es necesario analizar dos factores: el elevado índice de abstención, un poco superior al 20 % del electorado —¡es decir, 33 millones de electores!— y la caída en los votos recibidos por el presidente Lula en la votación de este domingo:
4 millones de votos menos que en la elección de 2022, siendo que la ventaja del candidato Flávio Bolsonaro sobre el Presidente Lula fue de solo dos millones de votos.Estos dos factores muestran un malestar de una parte del electorado por el alto costo de vida y por los índices de violencia (que la prensa mainstream se encarga de mostrar y volver a mostrar).
Son problemas reales que enfrentan en su día a día principalmente los trabajadores más pobres, los desempleados y aquellos que viven del trabajo con aplicaciones.
En relación con la violencia, el mensaje más directo y hasta brutal de Flávio Bolsonaro (la frase popular es "bandido bueno es bandido muerto") puede sonar más convincente, a pesar de que en los cuatro años de gobierno de Jair Bolsonaro no hubo mejoras en ese terreno; al contrario, hubo un avance de la letalidad de la actuación policial.
En cuanto al tema del costo de vida, la extrema derecha responsabiliza al Presidente Lula, quien ha insistido, correctamente, en las muchas políticas públicas que su gobierno logró implementar, aun enfrentando a un Congreso hostil.
Y es verdad que sin ellas la vida del trabajador sería mucho peor. Sin embargo, la complejidad de los factores que inciden en los precios de los alimentos y de los combustibles no es fácil de explicar durante una campaña. Y en el cotidiano de los sectores menos favorecidos no son las políticas sociales las que aparecen, ni los indicadores de la macro economía, sino los precios del supermercado que no permiten llegar al fin de mes con comida en la mesa.
Ocurre que para vencer ese malestar y esa decepción con la democracia sería necesario indicar salidas para ese amargo cotidiano. Y para eso, ¿cómo dejar de hacer un análisis un poco más sofisticado, mostrando la perversidad de un sistema de explotación, cuya expresión más visible es el neoliberalismo económico?
Nada de esto es fácil de explicar en una campaña electoral. Peor aún en campañas con redes sociales divulgando noticias falsas y sesgadas, y con la prensa tradicional haciéndole el juego a ese neoliberalismo, endiosando el ajuste fiscal y el recorte salarial, y condenando toda inversión en favor de los más necesitados y de servicios públicos de calidad (educación, salud, transporte). Para quienes defienden el tan mentado "techo de gasto", todo esto es "gasto", no aceptan discutirlo como inversión.
Es necesario, entonces, pensando a mediano y largo plazo, definir tareas permanentes de formación política, algo que la izquierda por estas latitudes abandonó hace mucho tiempo, lamentablemente.
Y combinar esas tareas con una política adecuada de comunicación, que tenga en cuenta las características continentales del país, su diversidad regional, educativa, cultural y generacional. Tarea que posiblemente exigirá organizar un "equipo de trabajo" (força-tarefa) que desde ya empiece a estudiar el tema, las posibilidades reales de implementación de medidas y a proponer iniciativas.
A corto y mediano plazo, también es necesario enfrentar el mensaje principal de ciertas iglesias neopentecostales, las iglesias de la "Teología de la Prosperidad" —actores decisivos de la campaña de la ultraderecha—. En sus mensajes, estas iglesias tergiversan la interpretación de las dificultades cotidianas: defienden la salida individualista, la realización personal (en el terreno material, por supuesto) y no se habla de sociedad ni de prácticas políticas orientadas al bien común. Su mensaje prospera rápidamente entre una población que no tiene acceso a una educación de calidad ni condiciones para desarrollar el sentido crítico. Sin embargo, sabemos que es mentiroso enseñar que el éxito (de muy pocos) es fruto del esfuerzo individual, así como lo sería el fracaso (de muchos), una realidad que está llevando a un crecimiento exponencial de los problemas de salud mental e incluso al suicidio.
Ese "fracaso" es fruto de un sistema opresor con expresiones domésticas e internacionales, y de la falta de apoyo y voluntad política para implementar medidas que necesariamente deberían ir en contra de ese sistema.
Pero esos temas corresponden a un análisis de mayor profundidad y envergadura. Brasil tiene un desafío ahora, una campaña de tres semanas para intentar derrotar a la ultraderecha (que ya aseguró, en la primera vuelta, el control del Congreso y de la mayoría de los estados de la federación). Y que, por tener ese control, hará lo posible no solo por evitar en el corto plazo la victoria de Lula, sino —en caso de ser derrotada— utilizará esa mayoría para dejar al Presidente con un escaso margen para aprobar medidas que contraríen su agenda. Aun así, luchar por mantener la presidencia es el desafío en este momento, sin ignorar las dificultades que vendrán.
Entonces es necesario arremangarse las mangas, salir a las calles, conversar con los electores que se abstuvieron de votar y con los descontentos con lo que la democracia les ofrece.
Es necesario actuar con inteligencia en las redes sociales y siempre, siempre, apelar a la emoción, ya que muchos especialistas consideran que es la que define el voto del elector.
Para ello, ¡será necesario hablar con toda claridad sobre lo que representaría una victoria de Flávio Bolsonaro! Hay mucho que mostrarle a la población en relación con este tema que no fue bien trabajado en la campaña para la primera vuelta. ¡La mayor parte de la población brasileña no tiene una idea realista del sufrimiento que le espera si la extrema derecha gana el comicio! Porque el voto por Flávio Bolsonaro no fue, en gran medida, un voto ideológico, sino un voto de descontento, de protesta, muchas veces elaborado a partir de falsedades irradiadas por las redes sociales capturadas por las big techs, que encontraron terreno fértil ante una realidad que no responde a las expectativas legítimas de muchos ciudadanos comunes.
Será necesario en estas tres semanas plantearle al elector —en particular a los más jóvenes— el precio que pagó Brasil por los 21 años de dictadura. La lucha que exigió la reconquista de la democracia, que involucró el sacrificio personal, la tortura, el derramamiento de sangre y el exilio de miles de brasileños. ¿La democracia que tenemos no es la que desearíamos? Ahí debemos recordar el mensaje del presidente Lula en la última entrevista de su campaña: la democracia es una construcción de todos nosotros; tenemos que participar en la vida política —¡jóvenes, no tan jóvenes, viejos! ¡Solo así tendremos, también, el derecho de criticar!
Beatriz Bissio.
Universidad Federal de Río de Janeiro.
Beatriz és periodista y cientista política , professora de la Universidad Federal de Rio de Janeiro, ex editora del Cuadernos del Tercer Mundo