22 Apr
22Apr

Peter Thiel considera –no se rían que es el asunto más serio que pueda concebirse– que todos los que abogamos por la justicia social somos agentes del Anticristo.

Esto es algo muy fuerte: no tengo la gracia de la fe pero considero el mensaje de Jesús –particularmente sus bienaventuranzas, el sermón de la montaña– un parteaguas en la historia de nuestra especie. Que hay  un antes y un después, y que recién después puede hablarse plenamente de Humanidad. Desde que todos somos parte del pueblo elegido, aunque imperfectos hechos a imagen y semejante del Creador, y que por lo tanto nuestros cuerpos son sus templos

Es desde ese lugar que considero a Thiel el principal anticristo junto con la plana mayor de su empresa Palantir , su hijo putativo, el vicepresidente Vance, y monigotes como Trump y Milei.

Pues bien, rodeado de guardaespaldas, Thiel acaba de ingresar a la Argentina y dicen planea quedarse dos meses para estudiar la experiencia anarco-capitalista capitaneada por los hermanos Milei.

Thiel encabeza a los multimillonarios del Silicon Valley que se llaman anarco-capitalistas y se proponen apoderarse del Estado para destruirlo desde adentro y reemplazarlo acabando con las formas democráticas e instaurarando una dictadura de los algoritmos (al servicio de los multibillonarios), lo que en esta primera etapa consiste en respaldar sin cortapisas la hegemonía militar del tándem Estados Unidos-Israel.

Publicidad pagada por Parlantir en el New York Times.

No encuentro palabras para subrayar la importancia de combatir a esta gente, que mueve los piolines de insignes patanes como Trump y Milei.  No encuentro la suficiente elocuencia para advertir que están en contra de nuestra especie: Thiel considera que no sólo es un derecho individual (de algunos, pocos, individuos, los más ricos) a todo tipo de transplantes, incluido de cerebros, sino que confía en la IA para modificarlo todo, incluidos los sentimientos, dando lugar a transhumanos aspirantes a la eternidad.

En fin, que Thiel y sus adláteres de Palantir como Karp y Zaminska, y su hijo putativo, el vicepresidente Vance (y los neopentecostales sionistas, de los cuales el «pastor» Dante Gebel es un buen ejemplo de su ala soft) sons la némesis del verdadero cristianismo, su enemigo mortal, el anticristo.

Milei fue a la tumba del Papa Francisco en un acto de insuperable hipocresía. He aquí lo que verdaderamente pensaba de él.

Recomiendo escuchar/ver a dos excelentes periodistas, Alejandro Bercovich y Nicolás Lantos referirse a  la visita de Thiel. Y, si el tema les interesa, seguir todo lo que viene investigando Lantos en este tema: Basta poner en YouTube «Lantos» y «Palantir».
Antes (o después, como gusten) les recomiendo leer esta esclarecedora nota que publicó un sitio muy recomendable, Curatropía. 

Si hay algo que queda claro es que los enemigos de estos anticristos somos los soberanistas, ya seamos los comunistas, peronistas, socialistas, China, India, Rusia, Irán, Brasil, Cuba, Vietnam, España, Francia, Alemania, Burkina Faso, Níger, el Yemen de los hutíes y, en fin, todas las naciones cuyos pueblos y dirigentes, a pesar de sus diferencias, acuerden en algo tan elemental como preservar y acrecentar las capacidades nacionales de fijar el rumbo de su existencia.

Más claro aún: estos anticristos sostienen que un Estados Unidos en manos privadas deben ganar la carrera de la IA y del poder militar. Consideran que la rivalidad con China solo se puede resolver con la derrota inapelable de China porque de lo contrario China vencerá.

Los videos van después, más abajo.

Silicon Valley descubrió la patria

Karp, Palantir y la idea de que defender Occidente es demasiado importante para dejársela al Estado. 

CURATROPIA

Hay libros que se presentan como diagnóstico y funcionan como programa. The Technological Republic, del cofundador y CEO de Palantir Alexander Karp y su asesor legal Nicholas Zamiska, es uno de ellos. Bestseller del New York Times, elogiado por Jamie Dimon, Eric Schmidt y el general Mattis, inspiración declarada del gobierno de Keir Starmer según The Times of London: el libro aparece rodeado de avales que ya dicen algo antes de abrir la primera página.

Alexander Karp y su best-seller.

La tesis central es simple: Silicon Valley traicionó su destino. Una generación de ingenieros brillantes que deberían haber puesto su talento al servicio de la defensa de Occidente se distrajeron con aplicaciones de fotos y algoritmos de marketing. Esa distracción tiene un precio geopolítico. El problema está en lo que sigue.

La tesis central es simple: 

Silicon Valley traicionó su destino. Una generación de ingenieros brillantes que deberían haber puesto su talento al servicio de la defensa de Occidente se distrajeron con aplicaciones de fotos y algoritmos de marketing. Esa distracción tiene un precio geopolítico.

El problema está en lo que sigue.
La estructura del manifiestoKarp y Zamiska empaquetan neoconservadurismo clásico en lenguaje de innovación y urgencia civilizatoria. El libro no propone regular el poder de Silicon Valley sino expandirlo, orientarlo, darle una misión más grande. El CEO como nuevo Oppenheimer. Palantir como un Manhattan Project voluntario. La IA como el átomo de este siglo.

Es la misma operación retórica del populismo de derecha contemporáneo, la de Trump incluido: un diagnóstico compartido que desemboca en una solución excluyente. La crítica al consumismo digital trivial, al vaciamiento de la clase política, a la impunidad de las élites financieras son algunas observaciones que resuenan. Funcionan como puerta de entrada a un edificio ideológico muy distinto.

Hacia el final del manifiesto que circula como presentación del libro, la arquitectura queda expuesta. “Algunas culturas han producido maravillas, otras han resultado mediocres y peores, regresivas y dañinas.” Y luego, la pregunta que históricamente precede a la respuesta de que hay un nosotros que define los términos: “¿Inclusión en qué?”

¿Qué cambia esta vez?

La objeción más seria es también la más obvia. La tecnología siempre terminó incorporada a la maquinaria de guerra del Estado. El radar, internet, el GPS, la energía nuclear emergieron o fueron acelerados por la lógica militar.

 ¿Qué tiene de nuevo este caso?

La diferencia no está en la incorporación sino en quién conduce el proceso y en qué dirección corre la causalidad. En los casos históricos clásicos la secuencia fue el Estado financia, la tecnología emerge, después el sector privado.

 El poder soberano mantuvo, al menos formalmente, la conducción. Hubo deliberación pública, marcos regulatorios, tratados internacionales. El átomo tuvo Asilomar (1). La biotecnología tuvo moratorias. Existía una arquitectura de control que no era solo retórica.

Karp propone invertir esa secuencia. 

El capital privado ya construyó la infraestructura y ahora le ofrece al Estado su uso, en sus términos, bajo su lógica. Palantir no trabaja para el Pentágono como Boeing fabrica aviones: define qué información ve el Pentágono, cómo la interpreta, qué decisiones habilita. Eso es poder sobre el conocimiento, no solo poder industrial.

La segunda diferencia es la velocidad. La IA no tiene el ciclo largo de la física nuclear o la ingeniería aeroespacial que permitía, aunque sea en teoría, supervisión y deliberación. Se despliega en tiempo real, se actualiza sola, y sus efectos son difíciles de atribuir.

La tercera diferencia es la más importante. En este caso la tecnología no solo se incorpora a la guerra sino que redefine qué cuenta como guerra. La vigilancia de poblaciones civiles, la manipulación informacional, la predicción de comportamiento político son ahora parte de la “defensa nacional”. El perímetro se disolvió.

Europa también

Sería un error leer The Technological Republic como un fenómeno exclusivamente norteamericano. El libro llega en el momento preciso en que Europa protagoniza su propia reconversión industrial hacia la lógica bélica, y eso no es coincidencia: es el mismo clima ideológico operando en simultáneo a ambos lados del Atlántico (y del norte y el sur de América, N. del E.).

Renault anunció el desarrollo de un dron de uso militar y civil y selló una alianza con el grupo Turgis Gaillard para producir drones aéreos en Francia. Volkswagen negocia con la firma israelí Rafael la producción de componentes para sistemas de defensa antimisiles.

 Los analistas de Citi bautizaron este fenómeno como el trade anything but autos: la industria automotriz europea, en crisis por la caída de ventas y la competencia china, encuentra en el rearme una salida. La transición de ruedas a armas es posible porque las capacidades subyacentes son transferibles.

El marco institucional acompaña. La Unión Europea movilizará más de 800.000 millones de euros para acelerar la inversión en defensa, con drones e inteligencia artificial como áreas prioritarias. 

Alemania asignó casi 12.000 millones de dólares para construir su arsenal de drones. La inversión de capital de riesgo en el sector de defensa europeo alcanzó un récord de 1.500 millones de dólares, un 50% más que en todo 2024.

La startup de defensa más valiosa del continente, Helsing (2), comenzó haciendo software militar y expandió su oferta a drones con asistencia de IA y jets de combate autónomos. El modelo de negocio es idéntico al de Palantir: tecnología privada que define las capacidades operativas de los Estados. En Europa el discurso de legitimación no apela a la grandeza civilizatoria sino a la autodefensa ante la amenaza rusa, lo cual lo hace, si cabe, más difícil de cuestionar.

N. del E.: El presupuesto militar de Estados Unidos para 2027 ha sido propuesto en una cifra récord de $1,5 billones ($1.5 trillion, más de un 40’% de aumento) por la administración se basa, sobre todo, en la superioridad tecnológica que preconizan Thiel y Palantir. 

Lo que a mi juicio hace que una gran guerra a corto plazo sea casi inevitable. Lo que hace que la recuperación del gobierno, la recuperación de nuestra tradicional doctrina de neutralidad ante contiendas ajenas y el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas nacionales para defender nuestro territorio y nuestra gente de la codicia extranjera sea un asunto vital, de primer orden. Que puede requerir una instrucción (que no servicio) militar o civil de toda la población, de manera de disuadir invasiones como ya hemos sufrido en las islas australes y a no dudarlo sufriremos en la Antártida a menos que no tomemos las medidas adecuadas.   

Un poco de sentido común: https://www.instagram.com/reel/DXVqFfgEUq-/?igsh=YzljYTk1ODg3Zg==
Fascismo de élite

Lo que hace a este discurso más peligroso que el fascismo clásico no es su virulencia sino su presentabilidad. No convoca a las masas sino a los mejores. No apela al resentimiento sino a la responsabilidad. Su sujeto político no es el pueblo traicionado sino la élite técnica con conciencia nacional.
Shoshana Zuboff (3) describió cómo las grandes plataformas convirtieron la experiencia humana en materia prima para la predicción y modificación del comportamiento. Karp no contradice ese diagnóstico: lo abraza y lo reencuadra como virtud. Si el poder de predecir y modificar comportamientos existe, mejor que esté en manos de las «democracias» occidentales.

El argumento es impecable en su lógica interna y devastador en sus implicancias: naturaliza la vigilancia, la militarización de la IA y la alianza entre capital tecnológico y Estado de seguridad nacional como inevitabilidades a administrar, no como fenómenos a cuestionar.

Amy Chua advirtió que las élites liberales suelen subestimar la fuerza del tribalismo como organizador político. Karp no lo subestima: lo instrumentaliza. Construye un nosotros civilizatorio que necesita un ellos lo suficientemente amenazante para justificar la movilización. El adversario no tiene que ser nombrado con precisión: alcanza con que sea difuso y ajeno a nuestros valores.

La captura del relato

El relato sobre la IA está siendo capturado a velocidad inusitada. Las voces que dominan la conversación pública son, en su mayoría, las mismas que tienen interés directo en su desarrollo sin restricciones. The Technological Republic es un instrumento de esa captura: le da marco filosófico, legitimidad histórica y urgencia moral a una agenda que de otro modo quedaría expuesta como lo que es, la expansión del poder corporativo sobre los aparatos de seguridad del Estado.

El colapso deliberativo de la política contemporánea hace el resto. En un espacio público donde la complejidad no tiene lugar, un libro que promete claridad civilizatoria tiene ventaja estructural sobre cualquier análisis que introduzca matices. La retórica de plantilla, ese repertorio de fórmulas que produce certeza en lugar de comprensión, encuentra en el discurso tech-patriótico su versión más sofisticada y, por eso mismo, más difícil de desmontar.

Lo que el libro no dice 

The Technological Republic no pregunta quién controla a Palantir. No pregunta qué pasa cuando el software que “defiende las democracias” se usa para vigilar a sus propios ciudadanos. No pregunta por qué el servicio militar universal que propone como deber cívico no incluye ninguna reflexión sobre qué guerras merece librar Occidente ni en nombre de quién.
El libro opera en el registro del deber ser. Y en ese registro, la pregunta sobre el poder real, quién lo tiene, cómo se acumula, a quién beneficia, no tiene lugar.

Eso, precisamente, es lo más revelador del manifiesto. No lo que dice, si no lo que calla.
Notas1) «Asilomar» se refiere principalmente a un centro de conferencias en California, famoso por albergar reuniones científicas históricas de alto nivel para establecer normas éticas, siendo las más destacadas la Conferencia sobre ADN Recombinante (1975) y la Conferencia sobre Inteligencia Artificial (2017).

2) Helsing GmbH es una empresa alemana de tecnología de defensa con sede en Múnich. Fundada en 2021 por Torsten Reil, Gundbert Scherf y Niklas Köhler, desarrolla drones militares y software de inteligencia artificial.

3) Shoshana Zuboff es una socióloga, profesora emérita en la Harvard Business School y escritora estadounidense, que pasó su infancia en Argentina. Algunos de los temas más recurrentes en sus obras son la revolución digital, la evolución del capitalismo, la emergencia histórica de la individualidad psicológica y las condiciones del desarrollo humano.

 https://es.wikipedia.org/wiki/Shoshana_Zuboff.

PorJuan José Salinas

PajaroRojo.com.ar