La Casa Rosada prepara el escenario para un nuevo acto de su diplomacia del entusiasmo. El presidente Javier Milei anticipó que recurrirá a la cadena nacional para referirse a la cuestión Malvinas. Lo hará tras las declaraciones de Donald Trump, quien deslizó en el Salón Oval que evalúa retirar el respaldo de Washington al control británico en las islas como mecanismo de presión sobre Londres.
Lejos de anunciar acuerdos bilaterales, la restitución de territorios o un canal de negociación formal habilitado por el Reino Unido, la transmisión oficial se perfila como una operación interpretativa. El mandatario buscará explicar qué cree haber escuchado en las palabras de un líder que no actúa por apego al derecho internacional ni por vocación anticolonialista, sino como un extorsionador que utiliza la geografía ajena para disciplinar a sus socios de la OTAN.
La puesta en escena en Balcarce 50
La decisión se cerró en la reunión de Gabinete de ayer al mediodía. El flamante canciller Pablo Quirno expuso un informe sobre los supuestos "avances diplomáticos" que la administración libertaria se atribuye en el Atlántico Sur. Milei calificó la respuesta de Trump como algo "muy fuerte respecto a la causa más importante y sagrada que tenemos los argentinos", y resolvió ordenar la cadena nacional.
El chantaje no es justicia histórica
Veremos mañana lo que expresa el presidente, pero por el momento el gobierno elude el origen y el propósito de las palabras del magnate republicano. Trump no cuestionó la usurpación británica de 1833 por convicción humanista ni por respeto a la integridad territorial argentina. Dijo: «Siempre reviso todas las posiciones. Esa es apenas una entre muchas».
El contexto de esa frase no remite a la descolonización, sino al cobro de cuentas. La Casa Blanca presiona a Gran Bretaña para que eleve su presupuesto bélico en la OTAN al 5% de su PBI. Al ver que Londres se resiste al incremento o traba operaciones militares —como ocurrió con la base de Diego García—, Washington filtra a la prensa que podría desconocer el control británico en Malvinas.
Queda más que evidente, que Malvinas no representa para la administración estadounidense una cuestión de soberanía que deba ser reparada, sino una ficha extorsiva para forzar a su socio a comprar armamento y financiar su maquinaria bélica.
Confundir la bravuconada de un acreedor imperial con una victoria diplomática argentina constituye una peligrosa miopía estratégica.
El riesgo del aplauso al extorsionador
Si hoy se presenta a Donald Trump como el artífice de una restitución territorial encierra una trampa evidente. Quien hoy utiliza a las Islas Malvinas para amenazar a su principal socio histórico y nuclear, no dudará en aplicar el mismo apriete contra la Argentina si en el futuro el país no se somete a sus directivas financieras, tecnológicas, energéticas o de control del Pasaje de Drake o la Antártida.
Celebrar el método del garrote cuando parece golpear al adversario colonial de turno equivale a convalidar la ley de la selva en las relaciones internacionales. Si el reclamo de soberanía se ata al humor de la Casa Blanca, bastará con que el Reino Unido ceda unos puntos de presupuesto militar para que la supuesta simpatía de Washington se desvanezca en el aire.
La cadena nacional anunciada por Milei expondrá las expectativas de la Casa Rosada frente a la pantalla chica. Detrás de la oratoria quedará la realidad: el presidente argentino interpretando los gestos de un matón global que subasta la soberanía del Atlántico Sur no para devolver lo robado, sino para garantizar que nadie en su propia alianza desafíe su dominación.
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