Pocas películas producen el mismo efecto estremecedor que el primer acto de La voz de Hind Rajab. Pero, a la vez, pocas películas disponen a realizar una película en torno a un crimen de guerra y, mediante un estilo que conjuga el documental con la metaficción, forzar a la audiencia a confrontar a sus víctimas. Claro que existen muchas películas sobre crímenes de guerra, historias que, a través de distintos recursos narrativos, representan la violencia estatal y las atrocidades de una ocupación. Pero Hind Rajab no es una película así.
Este no es un film sobre la guerra, sino en torno a ella: el centro del film no es una dramatización histórica ni una trama melodramática, sino un crimen de guerra, un hecho real, certificado, un acto del que somos testigos en nuestra pantalla. El resto de la película, más bien, se constituye como una suerte de coraza narrativa que rodea este crimen, un esfuerzo por llenar los puntos vacíos y las posibles ambigüedades, un ejercicio de la ficción para hacer más nítida la realidad, no para comprenderla o darle mayor sentido, sino, cuanto menos, para hacer que permanezca.
Y es que la voz de Hind Rajab, una niña de 11 años que fue asesinada por las fuerzas militares israelíes, es la voz que escuchamos a lo largo del film: es el archivo original, compartido con los realizadores de la película con la autorización de la familia, el que los personajes de ficción siguen a lo largo de la trama. La voz de Hind se torna una desgarradora memoria sonora: es el testimonio de la vida bajo la ocupación, de la resistencia ante el genocidio, pero, a la vez, de la muerte politizada, tanto por las fuerzas que buscan la sumisión del pueblo palestino como por aquellos que buscan su liberación.
En 2024, en una de las tantas afrentas del ejército israelí (el IDF) contra civiles palestinos, Hind Rajab quedó atrapada en un vehículo luego de que los militares disparasen desde un tanque: todos los otros pasajeros del coche, su familia, habían muerto en el ataque. Con ayuda de su prima antes de morir, Hind pudo comunicarse con un centro de rescate palestino a kilómetros de allí, pidiendo ayuda. La misión de rescate falló: dos de los rescatistas fueron asesinados por el IDF junto a Hind. Su voz, sin embargo, fue difundida por redes sociales debido a la presión de los rescatistas.

En la película de Kaouther Ben Hania, los protagonistas nunca dejan el centro de rescate. Uno de ellos, Omar, el primero en contactarse con Hind, le exige a su superior que haga todo lo posible por rescatar a la niña. Junto a él está Nisreen, otra trabajadora del centro que, con la voz dulce y un tono conciliador, se gana la simpatía de Hind durante sus llamadas. A cargo de Omar y Nisreen está Mahdi, presionado por sus subalternos para realizar operaciones de rescate y negociar con las autoridades pertinentes para sacar a Hind de la zona de guerra. Por supuesto, como en un guion clásico de Hollywood, cada uno de estos personajes tiene un rol preestablecido: Omar es la voz rebelde y cercana a la audiencia, cuya indignación crece ante las dificultades para sacar a Hind de peligro; Nisreen toma la posición de aquel que media en el conflicto, la empatía y frustración infinitas de un trabajador humanitario o un voluntario que se pasa los días entre heridos y muertos; Mahdi representa a la autoridad, con un discurso mesurado y pesimista, dispuesto a cumplir el protocolo, aún si es este parece más absurdo conforme se les acaba el tiempo. “Tienes que negociar con el mismo ejército que está a punto de matarla”, le dice Omar a Mahdi, notando lo que muchos en la audiencia también piensan.
En ese sentido, uno podría pensar en La voz de Hind Rajab como un thriller político que sigue la fórmula común hasta el cierre. El montaje ágil y la ausencia de otras locaciones más allá de la zona de control fuerzan a la audiencia a convivir con el estado de creciente desesperación de los personajes, filmados casi siempre en incómodos primeros planos. El film cómodamente recurre a distintos elementos de la docuficción que buscan contextualizar a una audiencia ignorante de los sucesos en Gaza: diálogos que en la vida real serían innecesarios y que describen las capas de burocracia que deben ser sorteadas para autorizar el rescate; bits dramáticos en los que un personaje le recuerda al otro los efectos de vivir bajo la ocupación o los rostros de los rescatistas muertos; primeros planos de la ruta Google Maps que sigue la distancia entre el vehículo de rescate y Hind, ocho minutos en coche en total.
Durante el film, los actores le hablan a la voz verdadera de Hind y, por momentos, las voces de los verdaderos rescatistas se escuchan en el fondo. Esta decisión de conjugar el thriller político clásico con un desgarrador testimonio de no ficción parece ser la apuesta más controversial del film de Ben Hania, cineasta tunecina que ya había explorado los efectos de la violencia en la infancia en su Four Daughters (2023). Yo creo que el efecto es discordante, seguro, devastador para muchos, pero, a la vez, legítimo e importante, incluso necesario. Si partimos de la premisa que hacer cine sobre las atrocidades en Gaza es un bien moral urgente en plena barbarie, la pregunta no está tanto en el qué, sino en el cómo. ¿Es legítimo explotar la historia de Hind, las súplicas de una niña antes de su horrible muerte, todo por una causa política? Y, en caso lo sea, ¿es la ficción clásica el mejor canal para hacerlo?
Puede que esté sesgado por el efecto conmovedor de la película (y la brillante tarea de sus tres actores, todos ellos palestinos), pero creo que ambas preguntas tienen una respuesta favorable. La decisión original de los rescatistas de revelar la voz de Hind, si bien moralmente gris, parece una respuesta necesaria, casi un acto de subsistencia, ante la desidia de la autoridades por ayudarla; ante la urgencia del rescate, hacer visible a la víctima se vuelve una máxima. Y, en el largo plazo, el uso de la voz de Hind tiene un efecto único: desmontar la narrativa dominante de la IDF sobre sus esfuerzos para reducir las víctimas civiles y demostrar que incluso ellos admiten la colaboración con rescatistas palestinos; por tanto, no todos pueden “ser Hamás”. Pueden ser dos conclusiones obvias para muchos, pero, cuando la información está fragmentada, saturada y censurada en los medios digitales, la obviedad es necesaria; la única forma de atar distintas narrativas sueltas y conflictivas sobre las victimas palestinas es retornar a lo simple, al mal primario que toda persona, por sentido común, quiere evitar: las súplicas antes el sufrimiento de una niña.

La voz de Hind Rajab hace exactamente esto desde la ficción. Más allá de la autorización de su familia para usarla, la duda moral se vuelve más compleja si pensamos en el potencial explotador de usar la grabación real en una película así. ¿Pero qué hay de las alternativas? ¿Sería mejor tornar la historia de Hind en un biopic convencional con una actriz haciendo de una niña que acaba de morir en plena guerra? ¿O sería mejor restringirse al formato documental, más cerrado e impositivo en sus pretensiones? En su Grizzly Man (2005), Werner Herzog escucha a un montañista siendo asesinado por un oso salvaje y decide no reproducir el audio en la película: solo se ve una escena de él escuchando la grabación. ¿Ese debió ser el enfoque de un film así? No estoy de acuerdo. La decisión de Herzog, por supuesto, implicaba insistir en un punto ciego que fuese suplido por la audiencia: la urgencia de un film como el de Hind Rajab necesita lo contrario, claridad, confrontación, que el punto ciego se esclarezca gracias al impacto de la narración en primera persona.
La mezcla de ficción y realidad en Hind Rajab es lo que más destaca en su enfoque. Por un lado, sirve como un efectivo comentario de metaficción y el poder de la narrativa. Al evocar la memoria del dolor, uno intenta darle sentido y coherencia, cubrir los vacíos, suplir las carencias con personajes, historias, motivaciones y conflictos.
¿Acaso no está haciendo el film lo que haríamos en nuestras cabezas al momento de escuchar esta historia y pensar en cómo fueron los últimos minutos de Hind? ¿No es mejor que el espectador encuentre estos potenciales desvaríos de la imaginación reflejados en los personajes del film? Por otro lado, la apropiación de géneros clásicos de Hollywood parece un recurso inteligente para reinterpretar el sufrimiento colectivo, y concebir historias poderosas, diálogos entre generaciones y grupos sociales, debates políticos consagrados en un arquetipo. Por algo Joshua Oppenhimer les pide a los sicarios miembros del escuadrón de la muerte en Indonesia que utilicen las películas de Hollywood para relatar sus atrocidades en The Act of Killing (2013), y por algo Kleber Mendonça Filho se apropia del noir, el misterio y el cine de espías para recrear la dictadura brasileña en El agente secreto (2025).
En este caso, Ben Hania se apropia del dispositivo del thriller, tuerce sus convenciones para que su causa política sea evidente para la audiencia: el drama interpersonal sirve para evidenciar el estado actual de las discusiones políticas sobre las formas de intervención y ayuda humanitaria en la ocupación israelí; la agilidad del thriller fuerza a la audiencia a notar la inmediatez y extrema brutalidad de la máquina de matar del IDF; el suspense sirve como excusa para evocar en la atemporalidad de la violencia, el continuo de represión en la franja de Gaza, lo instantáneo y lo permanente de la persecución al pueblo palestino.
De forma atrevida, Ben Hania fuerza a todos los partícipes de la película (principalmente a sus actores y ella misma con el guion) a adaptarse a Hind, y a su voz: la ficción se transforma para darle sentido a la realidad, y no al revés.
Les voy a ser bastante honesto: si bien pensé muchas de estas cosas durante la proyección de La voz de Hind Rajab, no fui capaz de articular estas ideas sino días después, y escribir sobre la película es casi tan difícil como sentarse y verla, aún si ambas cosas son necesarias.
Como descendiente de palestinos (mi abuelo nació en Beit Jala, a 50 kilómetros de donde fue asesinada Hind), asistir a la función implicaba reconocer, desde el efecto inconsolable de la ficción, que la historia que retrata el film, la textura sónica que evoca, insiste en una verdad que se ha quedado en mi familia -y en tantas otras- por generaciones, y que hoy es parte del discurso dominante: el sufrimiento del pueblo palestino -así como su resistencia- es una historia de décadas, un espiral de desidia política y violencia innombrable, pero, a su vez, una oportunidad de lucha y dignidad. La voz de Hind, voz que exige seguir viviendo, así lo sugiere. ¿Quiénes estarán de verdad dispuestos a escucharla?
Por Mauricio Jarufe
Cinencuentro.com