26 Oct
26Oct

Lula encarna esa síntesis tan propia de nuestra matriz ideológica: un líder que emerge de las entrañas de la clase trabajadora, un metalúrgico que jamás renegó de su origen ni de su destino colectivo. 

Su victoria frente al embate de la ultraderecha demuestra que la verdadera política —la que organiza la esperanza y dignifica a los humildes— sigue teniendo vigencia cuando interpela las necesidades concretas de las grandes mayorías.

Es sintomático observar la reacción de los poderes concentrados y la especulación financiera ante los resultados. La caída de los activos en las bolsas tras la confirmación de la voluntad popular no hace más que ratificar una máxima indiscutible para el justicialismo: si los mercados se asustan, es porque el pueblo ha ganado un escudo para defender sus derechos. 

El capital financiero internacional y sus socios vernáculos querían un Brasil subordinado, abierto a la timba y desprovisto de justicia social. Se encontraron con la convicción de un pueblo que ratifica que la patria está presente y que la soberanía no se negocia.

Para la Argentina, este triunfo golpea con fuerza la lógica de la antipolítica y la sumisión externa. Demuestra que el ciclo de ajuste y crueldad social no son un destino inevitable, sino una opción política que los pueblos, tarde o temprano, terminan demoliendo en las urnas.

La victoria de Lula nos devuelve una certeza doctrinaria fundamental: la organización, la lealtad a los intereses populares y la conducción estratégica son las únicas herramientas capaces de ponerle un freno a la prepotencia del privilegio. 

En tiempos donde algunos pretenden transformar a nuestros países en factorías desiertas, el gigante sudamericano nos recuerda que la dignidad de los trabajadores organizada siempre vuelve a ponerse de pié.


Nota de Luis Violini
luisviolini74@gmail.com