A casi seis décadas de su asesinato, sus verdugos están olvidados o muertos; él, en cambio, preside los anhelos de justicia e igualdad social de las revolucionarias y revolucionarios del Planeta, que hemos hecho nuestra la máxima de la Segunda Declaración de La Habana que el Che proclamó ante la ONU en 1964.
Hacia 1967 —año en que llegó el Che Guevara a Bolivia para impulsar la gesta armada continental—, mientras los partidos comunistas de América Latina daban la espalda al movimiento guerrillero por indicaciones de la dirigencia soviética —en el Kremlin llegaron al colmo de tildar al Che de aventurero— Estados Unidos tenía desplegados rangers en Guatemala, Bolivia, Perú, Ecuador, Venezuela y Colombia; y establecida una red de bases militares, aéreas y navales en estrecha coordinación con sus misiones militares en las capitales latinoamericanas, las estaciones locales de la CIA y las escuelas antiguerrilleras en el propio Estados Unidos; la zona del Canal de Panamá y la Escuela Superior de Guerra de Argentina.
La pesadez doctrinaria en la Unión Soviética contribuyó a asfixiar la revolución continental, que la generación de entonces llegó a ver a la vuelta de la esquina.
La incorrecta interpretación del materialismo histórico no le permitió a la dirigencia soviética advertir que el socialismo necesitaba renovar sus sueños y abrir su cauce a la corriente revolucionaria de los pueblos del Tercer Mundo, a partir de los fundamentos materiales de su azarosa existencia.
No comprendieron que la tradición cultural latinoamericana estaba afincada en un contexto diferente al europeo, en el que ciencia y utopía —vista esta última como aspirar a lo imposible para cumplir las metas de la justicia social— debían crecer entrelazadas.
En aquella hora en que todo estaba sometido a revisión, desde la economía política hasta el arte, desde la participación de las vanguardias hasta el deber de los intelectuales, Fidel acuñó como máxima “Pensar con cabeza propia”.
Junto al Che alertó que algunos de los referentes teóricos y prácticos tenidos hasta entonces como paradigmáticos, violaban principios y enclaustraban a la dialéctica y a todo el pensamiento en los moldes de un manualismo sectario y dogmático que dio por verdades absolutas los criterios sostenidos en Moscú.
Para hacer la revolución debía forjarse una nueva conciencia social, en la que primaran como valores el altruismo y la solidaridad asentados en lo más avanzado de la cultura universal.
En el “traspatio” de Estados Unidos —doctrinalmente definido por James Monroe e institucionalizado mediante la OEA—, entre los fundamentos de la insurrección ocupaba un lugar de primer orden la construcción de la unidad política en torno a una proyección antimperialista. Solo así se podría afrontar la contraofensiva yanqui y la reacción de la oligarquía antinacional que vio amenazados sus intereses. No era posible tal herejía con la camisa de fuerza impuesta por teóricos de manual que renunciaron a los aportes emanados de los retos y urgencias de la segunda ola revolucionaria del siglo xx.
La Revolución Cubana asumió el internacionalismo como un asunto de principios y definió la lucha armada como el principal desafío de nuestros pueblos, concepción que ganó legitimidad regional cuando el psiquiatra martiniqués Frantz Fanon publicó: Los condenados de la tierra —editado en La Habana por orientación del Che—; y Regis Debray aportó al número inaugural de los Cuadernos de la revista Casa de las Américas en 1967 el ensayo:
¿Revolución en la Revolución?, un análisis comparado entre la experiencia cubana y las guerrillas latinoamericanas, con aciertos y errores, para desmontar la tesis de que no podía repetirse el ejemplo de Cuba. Ambos textos se pusieron de moda entre la izquierda universal.
Lo que dañó al Che en Bolivia, empero, no fue el dogmatismo: Mario Monje, secretario general del Partido Comunista, exigió el mando de la guerrilla para ejercerlo desde la ciudad, ambición que Fidel calificó de indignante porque no tenía la menor experiencia de vida en campaña —ni siquiera en el orden teórico dominaba los rudimentos del arte militar— y dicha subordinación podía someter a la guerrilla a los dictados de una táctica de lucha política probadamente ineficaz. El Che lo rechazó y Monje se rehusó a cooperar; peor aún, orientó no auxiliar a la guerrilla.
Monje fue invitado a La Habana junto al segundo secretario del Partido, Jorge Kolle. Fidel intentó persuadirlos sobre la importancia de evitar la ruptura y nada consiguió. Lo trágico es que no era esa la posición de los militantes del partido ni de su Comité Central; estos dos individuos vanidosos impusieron su decisión personal.
El Che y sus compañeros quedaron aislados en un instante en que el general Robert W. Porter, jefe del Comando Sur, llegó a Bolivia para supervisar su caza con 600 rangers bolivianos preparados por instructores yanquis.
La guerrilla decidió establecerse en un área donde el boliviano Inti Peredo tenía contactos e influencia.
El 8 de octubre de 1967 avanzaban a campo descubierto cuando llegaron a la Quebrada del Yuro, accidente geográfico de unos mil 500 m de largo con 60 m de ancho cuyas dos laderas terminan en farallones abruptos sin vegetación. Varios de los guerrilleros no estaban en buenas condiciones físicas y su voluntad rayaba en el estoicismo; de súbito, se vieron en un cerco del ejército. ¿Qué hacer? No les quedó otra salida que encarar al adversario.
Sobre la 1:30 p.m. comenzó el combate después que una bala fulminó al boliviano Aniceto Reinaga mientras atravesaba un claro. Resistieron durante dos horas.
En aras de salvar a los enfermos ―los puso en condiciones de intentar el avance para evadir el cerco―, el Che se colocó frente a una sección con emplazamiento de ametralladoras. Herido en una pierna, combatió hasta que el impacto de un proyectil en la recámara inutilizó su carabina M-1 y se quedó sin balas de pistola. Indefenso, un suboficial del ejército llegó hasta él, le asestó un culatazo en el pecho y amenazó con dispararle. El boliviano Willy Cuba se interpuso gritando: “¡Ca...., este es el comandante Guevara y lo van a respetar!” (Cupull y González, 2006: 122).
Fueron conducidos a La Higuera y los encerraron en una escuelita de adobe, paja y piso de tierra, con solo dos aulas separadas por un tabique de madera. Al Che lo dejaron con los cadáveres de los internacionalistas cubanos René Martínez Tamayo y Orlando Pantoja; en el local contiguo pusieron a Willy Cuba con el también cubano Alberto Fernández Montes de Oca, muy grave por una herida en el pecho. El Che quiso auxiliarlo y los oficiales bolivianos se lo negaron…
A las 6 p.m. en La Paz el general René Barrientos —un agente de la CIA que después de protagonizar un golpe de Estado se legitimó en las urnas gracias a que desde Langley le enviaron un millón de dólares— convocó a una reunión con el alto mando del ejército; luego se dirigió hasta la residencia del embajador de Estados Unidos y desde allí se comunicaron con Washington.
Sobre las 9 p.m. el teniente coronel Andrés Sélich Shop, comandante del regimiento de Ingenieros de Vallegrande, interrogó al Che. Impotente ante la actitud de un hombre que lo superaba en fuerza de carácter, le dio tal tirón de la barba que se quedó con un mechón de pelos en sus manos.
El Che tenía las suyas atadas y, al no poder devolverle el golpe, lo escupió en la cara. A las 11 p.m. llegó a La Paz la respuesta de Washington a Barrientos: el Che tenía que morir.
Cuando le tocó el turno de custodia al joven soldado Mario Eduardo Huerta, el Che apreció nobleza en él y comenzó a hablarle del sentido de su lucha, de la ética de una guerrilla que jamás maltrató a un solo prisionero. Huerta lo arropó con una manta, le encendió un cigarro y lo ayudó a fumar. Se enterneció hasta sentirlo cercano y le preguntó por su familia. El Che habló de la esposa y los hijos; de Fidel y Camilo; de Cuba…
Llegaron a un punto en el que todo podía suceder y le pidió ayuda para evadirse. Huerta estaba hechizado por un hombre que ni preso en tales condiciones perdía la presencia de ánimo y le costó trabajo negarse. Su corazón debió de latir a un ritmo tan acelerado que no encontró palabras y salió a pedir consejo a un amigo, que aguijoneó su instinto de conservación.
Al amanecer del 9 de octubre llegó a la escuelita de La Higuera el oficial de la CIA de origen cubano Félix Rodríguez Mendigutía. Intentó interrogar al Che y este no se lo permitió. Sobre las 10 a.m. retornó: el Che tenía las manos atadas a la espalda y Rodríguez lo zarandeó por los hombros, antes de agarrarlo por la barba con la intención de sacudirlo. Lo interrumpió la llegada de un grupo de soldados con el combatiente peruano Juan Pablo Chang-Navarro, en estado deplorable y casi ciego, y con el cadáver del boliviano Aniceto Reinaga. Rodríguez torturó con una bayoneta a Chang-Navarro y tampoco dijo una palabra.
Al mediodía se dispuso quién asesinaría al Che: el sargento Mario Terán, a quien Rodríguez le indicó disparar por debajo del cuello para que pareciera muerto en combate. Un miedo frío congeló el cerebro de Terán y las manos le temblaban. El Che lo encaró y el brillo de sus ojos trastornó al verdugo, que escuchaba los gritos: “¡Dispara, cojudo, dispara!”, sin atreverse a nada.
La histeria llegó al clímax cuando Rodríguez abrió fuego contra Chang-Navarro mientras le vociferaba. Terán siguió sin reaccionar por unos breves instantes, hasta que presa de una agitación irracional “…cerró los ojos y disparó, después hicieron lo mismo el resto de los presentes” (Cupull y González, 2006: 134-135). “Guevara fue ejecutado con una ráfaga de disparos a las 13:15”, informó Rodríguez por radio (Weiner, 2008: 298).
A las 4:00 p. m. partió el helicóptero con el cadáver del Che para Vallegrande. Lo recibió otro oficial de la CIA de origen cubano, Gustavo Villoldo, capitán de la policía de Batista con entrenamiento en Fort Benning. Llevó el cuerpo a la lavandería del hospital y tras depositarlo en el piso le dio una patada; luego lo golpeó su rostro inerte. En la mañana del 10 expusieron el cadáver en la lavandería en medio de un silencio tal que no se escuchó hablar a nadie. Muchas personas lloraron.
Después de cortarle las manos fue enterrado en una fosa colectiva en la pista de aterrizaje del antiguo aeropuerto de Vallegrande. A la prensa le dijeron que lo habían incinerado y que esparcieron sus cenizas desde un avión. Querían evitar que su tumba se convirtiera en lugar de peregrinaje.
Roger P. Morris, funcionario del Departamento de Estado incorporado al staff del Consejo Nacional de Seguridad, narró en sus memorias que estaban reunidos cuando llegó la noticia a Washington. Walt W. Rostow, asesor de Seguridad Nacional del presidente Lyndon B. Johnson entró al salón sonriendo mientras frotando excitadamente varios lápices en sus manos. “Después de un silencio expectante, roto solamente por el chirriar de los lápices, se volvió para su ayudante en asuntos latinoamericanos: «Bueno» —le dijo al funcionario, quien sonreía nerviosamente—, «lo cogimos, lo cogimos»” (Morris, 1977: 17).
El asesinato del Che constituyó un duro revés para la idea de la revolución continental. Fue el mayor golpe que recibió una generación convencida de que la lucha guerrillera salvaría al mundo del capitalismo.
Pravda en Moscú publicó una nota fría; en Bulgaria, Checoslovaquia y Yugoslavia aparecieron artículos peyorativos. Ese clima aprovechado por la base operativa de la CIA entre los partidos comunistas latinoamericanos, brindó un servicio muy útil al propósito yanqui de sofocar el auge guerrillero.
Con su muerte el movimiento revolucionario en nuestro continente perdió a uno de sus combatientes más prestigiosos, pero nació un paradigma universal. La foto de Korda fue enarbolada en París, Berlín, Roma o Río de Janeiro en el turbulento 1968. Su rostro, ligeramente melancólico, decoró innumerables habitaciones de estudiantes en todo el orbe. Se convirtió en símbolo del hombre nuevo —y de la mujer— que tiene sobre sus hombros la construcción de un mundo mejor.
A casi seis décadas de su asesinato, sus verdugos están olvidados o muertos; él, en cambio, preside los anhelos de justicia e igualdad social de las revolucionarias y revolucionarios del Planeta, que hemos hecho nuestra la máxima de la Segunda Declaración de La Habana que el Che proclamó ante la ONU en 1964:
“Porque esta gran humanidad ha dicho ¡Basta! y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente. ¡Ahora, en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia!”.
Por Ernesto Limia - AlMayadeen
Bibliografía:Cupull, Adys y Froilán González: La CIA contra el Che. La Habana, Editorial Capitán San Luis, 2006.
Morris, Roger P.: Uncertain Greatness: Henry Kissinger & American Foreing Policy. New York, Harper & Row, 1977.
Weiner, Tim: Legado de cenizas. La historia de la CIA. Barcelona, Random House Mondadori, S. A., 2008.