Telma Luzzani
24 May
24May

China y Rusia formalizaron en Beijing una propuesta geopolítica que desafía la hegemonía unipolar de Estados Unidos y plantea un nuevo esquema mundial basado en el policentrismo y el multilateralismo.

Dos mundos están en lucha. Sin embargo, algo fundamental ha pasado esta semana en Beijing: el presidente Xi Jinping tomó la voz de la Historia y anunció que el viejo orden unipolar estaba definitivamente enterrado y una nueva etapa mundial irrumpía.

Lo hizo sin griterío y sin hipérboles. Simplemente comunicó —junto al presidente ruso Vladimir Putin, invitado especialmente para la ocasión— los “Lineamientos y fundamentos para establecer un mundo multipolar y un nuevo tipo de relaciones internacionales”.

Esta obra en dos actos hace tiempo que estaba preparada. Inmediatamente después de la cumbre con el presidente de Estados Unidos (donde el líder chino enterró al unipolarismo en la propia cara de Donald Trump), Xi se juntó con Putin no sólo para exhibir el buen músculo de la alianza estratégica y contrahegemónica sino-rusa, sino para mostrar cuál es el camino hacia el nuevo mundo y para confirmar que, ya puestos en marcha, Rusia es y será su compañera.

El documento firmado por Beijing y Moscú implica el lanzamiento de un proyecto, largamente estudiado, que busca un equilibrio sistémico a nivel global, que habla de “policentrismo” y que tiene como objetivo final la existencia de un nuevo orden multilateral.
La firma de 40 acuerdos, la gestualidad de los líderes y el ritual (Xi y Putin terminaron la cumbre con la milenaria ceremonia del té, símbolo de respeto, armonía, hospitalidad y conexión) demostraron que no fue una reunión diseñada al azar. Se trató de un encuentro que funcionaría como complemento y sostén necesario para las advertencias que Xi había hecho cinco días antes, el 14 de mayo, a EEUU.

Primer acto

Trump había postergado la cumbre con Xi un mes y medio. Esperaba lograr un triunfo contra Irán y llegar a China con la frente en alto. Fracasó. Esto facilitó aún más el objetivo chino de mostrarse de igual a igual. 

Mirándolo a los ojos, Xi aseguró a Trump que EEUU ya no es más el país que marca cuáles son las reglas del juego del planeta y que, desde ahora, estas decisiones deberían ser debatidas y consensuadas.

Xi habló de una nueva era: “Tenemos que encontrar la manera para que los grandes países se lleven bien entre sí en la nueva era. Espero con interés nuestras discusiones sobre cosas importantes de nuestros países y del mundo”.

Al estilo chino, con metáforas y alusiones indirectas, Xi trajo al presente aquel momento histórico (narrado por el historiador griego Tucídides) en el que la potencia dominante de la época —Esparta— se enfrentó a la potencia rival ascendente —Atenas—, en el siglo V a.C. Aquella confrontación, provocada por los espartanos, cambió el mundo. Aunque Esparta ganó la guerra su declinación fue irremediable y el ascenso de Atenas un suceso.

“Es un momento de transformaciones aceleradas y sin precedentes, el mundo se encuentra nuevamente ante una encrucijada: ¿serán China y Estados Unidos capaces de superar la trampa de Tucídides?”, preguntó.

Una vez instalada la idea de que la hegemonía estadounidense está rota, Xi le planteó a Trump las opciones que tiene la nación norteamericana: “¿Podremos afrontar juntos los desafíos globales?”. 

Es decir, ¿está en condiciones EEUU de bajarse del pedestal, aceptar el fin de su excepcionalidad y debatir de igual a igual con otras naciones los desafíos actuales?

Luego vino la tercera y última pregunta: “¿Podremos construir un futuro brillante para nuestras relaciones bilaterales en aras del bienestar de nuestros pueblos y del futuro de la humanidad? EEUU y China deben ser socios en lugar de rivales”. Una propuesta de futuro que aludía a la opción que todos conocemos: convivencia o desastre nuclear.

Segundo acto

El documento que presentaron China y Rusia —“como civilizaciones con historias milenarias, países fundadores de la ONU y miembros permanentes de su Consejo de Seguridad”— es concretamente un plan político que pretende servir de guía ideológica-conceptual para alcanzar un nuevo mundo multipolar y evitar el retorno a la “ley de la selva”.

Arrogándose la opinión de “la mayoría de los países” el texto apunta al “inicio de una nueva era”. Dice así: “Basándose en su experiencia histórica, la mayoría de los Estados ha reconocido profundamente el inicio de una nueva era y la necesidad de una nueva construcción basada en la igualdad, la justicia y la cooperación mutuamente beneficiosa”.

Critica también duramente la unipolaridad. Sin nombrar a EEUU dice: “Los intentos de algunos Estados por gestionar unilateralmente los asuntos globales, imponer sus intereses a nivel mundial y limitar el desarrollo soberano de otros países, al estilo de la era colonial, han fracasado. El sistema de relaciones internacionales del siglo XXI está experimentando una profunda transformación, evolucionando hacia un estado de policentrismo a largo plazo”.

Muy al estilo chino, la declaración señala cuatro principios fundamentales.

1) No hay países de primera clase y no hay un solo camino hacia el desarrollo.

2) La seguridad es indivisible e igualitaria. Ningún Estado puede lograr su seguridad a expensas de otro. Todos los Estados soberanos tienen igual derecho a la seguridad. La expansión de alianzas militares, las guerras híbridas, las guerras subsidiarias y la coacción a los Estados soberanos para que otros abandonen su neutralidad son inaceptables.

3) La hegemonía global es inaceptable y debe prohibirse. Ningún Estado ni grupo de Estados debe controlar los asuntos internacionales, dictar el destino de otros países ni monopolizar las oportunidades de desarrollo. Se debe democratizar y perfeccionar la gobernanza global y fortalecer el multilateralismo.

El texto admite que la ONU está muy deteriorada pero no sugiere su eliminación sino su reforma.

Aunque en los párrafos anteriores el documento critica las ordenaciones jerárquicas, en este punto, propone: “Los Estados grandes deben asumir una responsabilidad y una misión especiales, exigirse más a sí mismos y no abusar de sus ventajas.”

4) Todas las civilizaciones humanas son igualmente valiosas. No se dividen en altamente desarrolladas y subdesarrolladas, fuertes y débiles. El sistema espiritual y moral de ninguna civilización puede considerarse exclusivo o superior a los demás. En este apartado, el plan multipolar analiza también los derechos humanos y la religión.

China, el país del centro, ha cambiado la Historia en mayo de 2026. ¿Se trata de una nueva fase del capitalismo? Es pronto todavía para saberlo. Lo que sí está claro es que ni Moscú ni Beijing se plantean como actores antisistémicos. Por el contrario, reevaluar la Carta de Naciones Unidas y reinstalar los marcos jurídicos internacionales (ONU) destruidos por las últimas guerras son parte de los objetivos principales.

Bienvenidos los cambios.
Ya no puede soportarse más la descomposición moral de Israel y EEUU cuyas fuerzas armadas ahora ni siquiera bombardean civiles al azar, sino que apuntan a los más débiles en hospitales, escuelas y lugares de ancianos.

Ya no se puede soportar que algunas naciones desconozcan las reglas de la democracia y sigan violando derechos humanos y acuerdos internacionales impunemente. Necesitamos poner un punto final a la barbarie para poder sentirnos otra vez seres humanos.


Telma Luzzani

EL DESTAPE