Enero fue un mes abrumador. Ya en febrero se suceden las marchas al tiempo que el gobierno mantuvo el control interno: economía tranquila, cumplió los acuerdos iniciales con la Casa Blanca, impulsó la Ley de Hidrocarburos y la de amnistía. Los planes de Marco Rubio y las presiones sobre "la transición".
A poco más de un mes del ataque militar de los Estados Unidos sobre Caracas y otras zonas del litoral central venezolano y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama y diputada Cilia Flores, la capital venezolana parece moverse dentro de una lógica conocida para quienes viven aquí, pero difícil de entender afuera: pasa de todo, pero no pasa nada.
Enero fue un mes abrumador. El ataque con misiles que aterrorizó a millones ya parece demasiado lejano, pero sus consecuencias todavía no se pueden dimensionar. Para empezar, más de un centenar de familias lloran a sus muertos, venezolanos y cubanos, casi todos caídos en un combate desigual y heroico: fusiles AK-47 y pistolas 9 milímetros contra helicópteros artillados y -todo indica- equipados con tecnología desconocida.
Las historias se van conociendo de a poco y se acumulan y solapan, desordenadas. Pero los testimonios apuntan en una dirección: las fuerzas militares de EE UU aseguraron el secuestro de la pareja presidencial con -en términos caribeños- una matazón. Y también con el ejercicio extendido del terror sobre la población civil vecina al conjunto residencial del presidente.
“Maduro era un vecino nuestro”, graficó un cantor popular habitante de la Ciudad Tiuna en uno de los muchos actos, tribunas abiertas y marchas que realizó el chavismo durante este mes de enero interminable. Hay que repetirlo: la pretendida “operación quirúrgica” de “extracción” del presidente, que muchos medios de comunicación acríticos y funcionales vendieron a sus audiencias, no fue tal.
Para empezar, los especialistas alertan que las consecuencias psicológicas serán perennes: niños que temen porque se hizo de noche, familias que se despiertan ante cualquier ruido. Y más. Millones de historias a procesar. Caracas ya no tendrá fuegos artificiales ocasionales. Ahora tendremos que descartar, primero, si no se trata de nuevos misilazos.
Aún en este panorama muy difícil, por lejos la coyuntura más compleja de varias que han enfrentado los bolivarianos en 27 años, es un dato de la realidad que el gobierno no perdió el control a lo interno. Caracas en estos primeros días de febrero parece empecinada en seguir con su rutina. Y lo hace en paz. Pasa de todo, pero no pasa nada.En un mensaje por la televisión estatal en la noche del 3 de febrero, Delcy Rodríguez recordó que “el pueblo venezolano sufrió un ataque armado externo militar de una potencia nuclear”, y enseguida, aseguró que Venezuela “ha madurado” para transmutar en tranquilidad el impacto de la agresión militar. Llamó «hoy más que nunca a la paz”.
El día anterior, la presidenta encargada había recibido en el despacho uno del Palacio de Miraflores a la diplomática enviada por EE UU para avanzar en la reapertura de la embajada, Laura Dogu, ex embajadora en Honduras, donde tuvo sus choques con la presidenta Xiomara Castro, cuando cuestionó la reunión del ministro de Defensa hondureño con el general en Jefe venezolano Vladimir Padrino López.
Tras el encuentro, Dogu posteó en redes: “Hoy me reuní con Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez para reiterar las tres fases que el secretario Marco Rubio ha planteado sobre Venezuela: estabilización, recuperación económica y reconciliación, y transición”. No pasó desapercibido cómo evitó nombrar a la presidenta encargada y al presidente de la Asamblea Nacional por sus cargos. Además -claro- se ocupó en insistir con la “transición”.
Por Marcos Salgado
Tiempo argentino