El presidente estadounidense Donald Trump, en plena campaña por las elecciones legislativas de noviembre, dio un volantazo que dejó expuesta las enormes debilidades y contradicciones que atraviesan las potencias occidentales.
El norteamericano decidió, unilateralmente, dejar sin efecto las sanciones impuestas contra Rusia desde 2022, poniendo en evidencia que las presiones contra el Kremlin fracasaron.
Es conocido que Estados Unidos buscó asfixiar a Rusia y le impuso sanciones individuales, comerciales y financieras (además de obligar al resto del planeta a que también las aplicaran) convirtiendo a ese país en el más sancionado del mundo con un récord histórico de más de 28.500 sanciones.
Además, una semana antes de la visita del presidente chino Xi Jinping a Washington, en septiembre pasado, Trump mostró músculo y profundizó el castigo contra el entorno de su par ruso Vladimir Putin y el sector tanto energético como de defensa ruso promulgando la “Ley Lindsey Graham”, aprobada en el Congreso por una amplia mayoría de demócratas y republicanos.
Sin embargo, en poco menos de un mes todo cambió y Putin recibió un regalo extraordinario. El 9 de octubre Trump anunció que había acordado con su colega ruso el suministro de diésel para los mercados estadounidense y mundiales, es decir, suspendió las sanciones. “Quedan autorizadas todas las transacciones relacionadas con la venta, entrega, descarga e importación de combustible diésel de origen ruso, incluida su entrada a territorio estadounidense”, publicó el Departamento del Tesoro.
El viernes 16, luego de que el crudo Brent rozara los 110 dólares el barril, Trump emitió un decreto que dice textualmente: “Por el presente renuncio a la aplicación de las sanciones, restricciones y obligaciones previstas en la Ley Graham”, por motivos de “interés nacional”.
India y China también deben estar agradecidas ya que la Ley Graham castigaba con aranceles secundarios de hasta 100% a las mayores compradoras mundiales de productos energéticos rusos, además de aplicar un 500% a los productos procedentes de Rusia.
Todos estos volantazos del presidente-magnate, sin consultar con sus “socios”, dejaron a Europa al borde del ridículo.
El impacto interno y la urgencia energética. La coyuntura es apremiante.
Según datos del Departamento de Energía de EEUU, ha habido una recurrencia intensiva a la Reserva Estratégica de Petróleo: cifras del 5 de octubre indican que se perdieron 800.000 barriles en una semana y que la reserva cayó a 283 millones de barriles.
Por otra parte, faltan dos semanas para las elecciones legislativas de medio término y según la encuesta de Reuters/Ipsos la aprobación de Trump tocó el nivel más bajo de sus dos mandatos: 32%. La Fox News, una empresa amiga del presidente, coloca la aceptación en un 36%.
La queja más frecuente del norteamericano de a pie es el aumento de los precios, en especial de la nafta, y este viernes el crudo se disparó. Las consultoras como la británica Energy Aspects ven difícil un descenso de los precios no sólo por el cierre del estrecho de Ormuz y la guerra que Israel y EEUU iniciaron contra Irán sino por la actual situación en Arabia Saudita.
La escalada bélica de las guerrillas hutíes de Yemen (propalestinas e proiraníes) contra el reino saudita no sólo ha aislado otro paso estratégico, Bab-el Mandeb, para el transporte de petróleo, fertilizantes y otras mercaderías de importancia, sino que ha destruido infraestructura energética crucial de Arabia Saudita.
Los ataques a oleoductos y a la petrolera estatal Aramco ha dañado seriamente las instalaciones del país. En una entrevista con Russia Today, el analista y consultor Jaffrey Kihien calculó que Arabia Saudita necesita como mínimo 6 años para poder exportar combustible como antes.
Pero Trump no dice nada de cómo su guerra contra Irán ha afectado el comercio mundial y los precios planetarios. Ha preferido elegir al presidente ucraniano Volodímir Zelensky como chivo expiatorio y echarle la culpa del aumento del crudo a los ataques de Ucrania contra las refinerías rusas.
“Le dijimos: 'No ataques las refinerías, porque eso causa un problema mundial'. Y fue y atacó”, dijo esta semana Trump en una entrevista con Newsmark. “Zelenski no es un tipo fácil de tratar. No quiere llegar a un acuerdo. Dice que quiere negociar, pero no es así. No, no soy muy partidario de Zelenski. Ha destruido su país”.
Inmediatamente después, por segunda vez en pocos días, el norteamericano pidió su cabeza. “Zelenski ya lleva mucho tiempo en el poder. Es hora de un cambio si quieren resolver” el conflicto.
La grieta entre Washington y Bruselas
El acuerdo con Putin sobre el diésel fue un enorme “cortesía” del norteamericano al ruso no sólo por lo que implica para el Kremlin el negocio y el poder de recuperar la venta de petróleo a nivel mundial, sino porque esto era una de sus varias exigencias para la negociación de un acuerdo de paz con Ucrania.
Aún más, la concesión trumpista –*para satisfacción de Putin_– atenta directamente contra la política de respaldo a Zelensky y de enfrentamiento con Rusia de la Unión Europea. En abierta oposición a la Casa Blanca, el jueves 15, durante un plenario de la Consejo Europeo, las máximas autoridades confirmaron que están trabajando en el vigésimo segundo paquete de sanciones contra Rusia y dieron su total respaldo a Zelensky.
“Querido Volodímir, puedes contar con nosotros. No solo para apoyarte en la guerra, sino, lo que es más importante, para respaldarte en tu futuro como miembro de la Unión Europea”, aseguró el portugués Antonio Costa presidente del Consejo Europeo.
Sin embargo, no todos los miembros piensan así. Esta es otra de las contradicciones que atraviesan la UE y que quedó en evidencia con las últimas decisiones de Trump. El primer ministro eslovaco, Robert Fico, lo expresó crudamente: “Pronto, cuando carguemos nafta más cara nos vamos a dar cuenta de que estamos comprando combustible que dice ‘Made in Usa’ pero es ruso”.
Aunque no era de su conveniencia económica, Europa se plegó a las políticas del ex presidente Joseph Biden y cesó, en general, la compra de hidrocarburos rusos baratos además de dejar de tener buen suministro de gas del ducto Nord Stream volado en 2022. Con el giro de Trump, el bloque comunitario se encuentra, ahora, afrontando, en soledad, la crisis energética y obligada a comprar hidrocarburos rusos tercerizados.
Las consecuencias de este conflicto recién empiezan. En la mencionada reunión europea, Zelensky, como invitado, arengó: “No podemos aceptar el acuerdo del diésel porque después le seguirá un acuerdo del gas y luego se levantarán otras sanciones.
Es una cuestión de dignidad. Queremos poner fin a esta guerra lo antes posible, pero ahora mismo no vemos que Rusia esté dispuesta a hacerlo.
Por eso tenemos que prepararnos para el invierno”.
De inmediato el canciller alemán Friedrich Merz aumentó la apuesta y atizó la guerra: “En mi opinión, es correcto, comprensible y razonable que Ucrania ataque también objetivos en Rusia que dificulten las operaciones militares del Kremlin”.
Faltan dos semanas para las elecciones en EEUU y luego aparecerán nuevas decisiones. El problema es que son los pueblos los que siempre pagan.
Telma Luzzani
EL DESTAPE