Los saharauis han hecho habitable el áspero desierto, han creado en el exilio las instituciones del Estado saharaui y han mantenido vivo el anhelo del regreso en las nuevas generaciones que solo han visto en fotos la tierra que arrebataron a sus padres y abuelos.
Hace 50 años que España abandonó la que fuera su provincia número 53, el Sáhara Occidental. De la noche a la mañana, la ciudadanía de los habitantes de la colonia se convirtió en papel mojado. Los saharauis fueron arrojados a un desamparo fatal tras el abandono precipitado, sin concluir el único proceso de descolonización que aún está pendiente en África, según Naciones Unidas.
La ocupación marroquí del antiguo Sáhara español, durante la llamada Marcha Verde en 1975, dio paso a la violencia que generó el éxodo de cientos de miles de saharauis hacia el desierto de Tinduf, en el sur de Argelia, mientras el Frente Polisario daba la batalla para recuperar el terreno arrebatado. Cientos de miles aún permanecen en las ciudades ocupadas, expuestos al férreo control marroquí, a la represión, a la cárcel y a la discriminación social impuesta por el ocupante.
Tras el alto el fuego acordado en el 91, la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (MINURSO), creada para auspiciar una consulta que pusiera fin a la inconclusa descolonización, no ha dado ningún paso para que este pueblo despojado de su tierra elija libremente su futuro, tal y como mandata el derecho internacional. Mientras tanto, Marruecos ha ido consolidando su ocupación, haciendo negocio con los recursos saharauis como los fosfatos, la pesca o productos agrícolas y ha logrado mediante graves presiones que España, la todavía potencia administradora formalmente, gire radicalmente su postura sobre este conflicto y apoye la tesis marroquí, que propone conceder cierta autonomía a los territorios saharauis, pero bajo la total soberanía del reino alauita.
Cuando se cumplía medio siglo de la ocupación, la ONU echaba un nuevo jarro de agua fría a las aspiraciones soberanistas del Frente Polisario. Por primera vez incluía es sus resoluciones esta propuesta de autonomía saharaui bajo soberanía marroquí como una solución al conflicto.
Poco parece importar que la guerra haya regresado a esta desértica esquina del mapa desde que, en 2020, el Frente Polisario diera por roto el alto el fuego. En este tiempo, los saharauis han hecho habitable el áspero desierto, han creado en el exilio las instituciones del Estado saharaui y han mantenido vivo el anhelo del regreso en las nuevas generaciones que solo han visto en fotos la tierra que arrebataron a sus padres y abuelos.
Sin embargo, también se ha normalizado que una generación entera haya nacido sin nada más que arena bajo sus pies, totalmente dependiente de una ayuda humanitaria que desciende con los años y sin más perspectivas que el subempleo, severas carencias materiales, sanitarias y educativas y un horizonte de futuro lleno de puertas cerradas.

Varios niños juegan a deslizarse por una colina en las afueras del campamento de refugiados saharauis de Esmara. Con más de 50.000 habitantes, esta es la wilaya (provincia) más poblada de las cinco que se establecieron tras el éxodo saharaui en la región de Tinduf, Argelia, después de los bombardeos con napalm y fósforo blanco que las tropas marroquíes lanzaron contra la población civil saharaui durante su ocupación. Jairo Vargas

Dunas de arena y colinas componen el único paisaje de la dura hamada argelina. En esta geografía, donde los inviernos apenas superan los cero grados y los veranos casi llegan a los 60ºC, el pueblo saharaui ha logrado resistir 50 años. Se calcula que son más de 170.000 los refugiados que sobreviven en las cinco wilayas– El Aaiún, Esmara, Auserd, Dajla y Bojador–. Son los nombres de las principales ciudades del Sáhara Occidental ocupado por Marruecos. Lugares que para estos niños nacidos en el exilio son solo eso, un nombre, una idea vaga, un imposible del que, a veces, oyen hablar a los mayores. Jairo Vargas

La construcción es uno de los pocos empleos con los que ganarse la vida en estos campos de refugiados. En estas cinco décadas, la provisionalidad de las jaimas de tela fue pasando a la resistencia de las paredes de adobe. Ahora, la estabilidad de los bloques y el cemento han mejorado la calidad de vida de los saharauis hasta convertir los remotos campamentos de refugiados en una suerte de ciudades primarias. Unos avances que, a pesar de todo, solo constatan que su situación de pretendida temporalidad se ha convertido en permanente. Jairo Vargas

Un niño observa cómo se humedecen bloques de cemento que servirán para construir nuevas casas en el campamento de refugiados de Auserd, donde viven más de 36.000 saharauis, alrededor de un 20% de la población refugiada en Argelia. Jairo Vargas

Galia Mohamed, de 31 años, puso en marcha una iniciativa quijotesca: criar peces en mitad del desierto. Junto a su hermano y con apoyo de algunas ONG han construido en Auserd una pequeña piscifactoría donde crían tilapias, un pez de agua dulce, resistente a duras condiciones y a la falta de oxígeno. El objetivo es introducir el pescado en la monótona dieta de los campamentos, que depende casi en su totalidad de la ayuda humanitaria: harina, arroz y conservas. “No es fácil introducir esta comida en los campamentos, donde el pescado prácticamente no existe. No forma parte de la cultura alimentaria. Hemos tenido que hacer talleres en las escuelas para que los niños y sus familias sepan cómo se puede preparar y comer”, explica. Su iniciativa contrasta con los miles de toneladas de pescado y marisco que cada año son expoliadas por empresas marroquíes y europeas en los ricos caladeros de la extensa costa del Sáhara ocupado. Un robo que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea declaró ilegal en 2024, anulando los acuerdos pesqueros entre Marruecos y la UE por no respetar el principio de autodeterminación del pueblo saharaui y realizarse sin el consentimiento de su representante legítimo, el Frente Polisario. Jairo Vargas

Un joven saharaui conduce entre las jaimas del campamento de Esmara. La monotonía, las duras condiciones climáticas, la escasez material y el reducido horizonte de futuro están sembrando la apatía y la desesperanza entre la juventud de los campamentos. Muchos vieron en el reinicio de las operaciones militares contra Marruecos un cambio que haría agitarse el tablero, pero seis años después, la causa saharaui no ha ocupado el lugar esperado ni en los medios ni en el debate internacional. Ante la lejanía de un retorno a su tierra y a la construcción de su propio país, cada vez son más los que buscan una salida hacia otros países. Pero los saharauis son apátridas, no tienen un pasaporte con el que viajar y la burocracia para salir de los campamentos es tediosa, larga y sin muchas garantías. La migración irregular hacia costas españolas cada vez está más presente en la cabeza de los saharauis refugiados en Argelia y en algunos campamentos ya se ha cobrado la vida de algún chaval. Jairo Vargas

Bucharaya Hamudi es el primer ministro de la República Árabe Democrática Saharaui (RASD) en el exilio. Ha ocupado este cargo en otras dos ocasiones desde 1976. Durante un encuentro con periodistas recordó que los valores democráticos que exporta Europa y que defienden los saharauis no se aplican a su pueblo. Que el discurso antibelicista, defensor del derecho internacional y humanitario del presidente Pedro Sánchez desaparece por completo cuando se habla del caso saharaui. “Es una contradicción flagrante. Su apoyo a las tesis marroquíes evidencia que hay una presión de por medio. Hay un chantaje, no sabemos cuál, pero está claro que existe”, advertía. Jairo Vargas

Un niño saluda a dos soldados del ejército saharaui. Tras la ruptura en 2020 del alto el fuego que había regido desde 1991, miles de jóvenes se ofrecieron voluntarios para hacer el servicio militar, recibir entrenamiento y combatir. La actual guerra dista mucho de las batallas que las guerrillas saharauis y las tropas marroquíes libraron en los años 80. Ahora se considera un conflicto de baja intensidad, asimétrico en armamento y tecnología y reducido a lanzamientos puntuales de misiles y artillería saharaui contra posiciones militares marroquíes a lo largo del muro levantado por Marruecos durante miles de kilómetros. Jairo Vargas

Brahim Gali es desde 2016 el líder del Frente Polisario y el presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Es una figura carismática. Uno de los fundadores del Frente Polisario en 1973, participó en las primeras manifestaciones contra las autoridades españolas en los 70, por lo que fue detenido y encarcelado en varias ocasiones. También participó en la primera acción militar saharaui contra el Ejército español y fue ministro de Defensa y comandante de una región militar durante la guerra contra Marruecos hasta el alto el fuego del 91. En 2020, ante la presión de los jóvenes saharauis, dio por rota la tregua y el Polisario reemprendió los ataques a posiciones marroquíes. Su evacuación a España para ser tratado en secreto tras contraer la COVID-19 desató la ruptura de relaciones entre Madrid y Rabat que solo terminó con el criticado giro de Pedro Sánchez abogando por la autonomía saharaui bajo soberanía marroquí como solución al conflicto. Jairo Vargas

Um El Fadli, de 70 años, sostiene una foto de su hijo, fallecido el año pasado por un derrame cerebral mientras participaba en una operación militar. El Fadli vivió la huida tras la Marcha Verde y recuerda el abandono español con dolor y rabia. Su marido trabajaba para una empresa española, ella tenía DNI español y ahora vive en una jaima en el campamento de Auserd mientras la guerra que la trajo aquí también la ha dejado sin su hijo casi medio siglo después. Jairo Vargas

Hay infinidad de documentos como estos en los campamentos saharauis de Argelia. DNI, carnés de conducir, tarjetas identificativas de trabajadores de empresas españolas, incluso cartillas militares de saharauis que formaron parte de las fuerzas armadas españolas antes de la ocupación marroquí. Son la prueba documental no solo del abandono, sino del olvido deliberado, de una deuda pendiente de Estado español con este pueblo. Tras medio siglo, el Congreso de los Diputados debate una iniciativa legislativa que daría acceso a la nacionalidad española a los nacidos en el Sáhara Occidental antes de 1976 y a sus descendientes. Jairo Vargas

Abdeluadud Mohamed muestra las secuelas que le produjo la explosión de una mina. El Sáhara Occidental es una de las zonas con mayor concentración de minas del mundo, con una estimación de entre siete y diez millones de artefactos explosivos enterrados en la arena. Desde 1991, la misión de Naciones Unidas ha localizado y desactivado tan solo 30.000 de estas minas diseminadas a lo largo de los más de 2.700 kilómetros del muro defensivo marroquí. Jairo Vargas

Decenas de personas asisten a una de las actividades del Fisáhara 2026, celebrado en el campamento de Auserd. Este festival es una de las citas más importantes del año para los saharauis. No solo ofrece actividades culturales a la población refugiada en mitad del desierto, sino que sirve para que se hable del conflicto en los medios. Jairo Vargas

El violinista Ara Malikian fue de una de las personalidades del mundo de la cultura que acudió con invitado a la última edición del Fisahara. En la imagen se le ve durante la visita a la escuela de cine Abidin Kaid Saleh, ubicada en el campamento de Bojador. El proyecto arrancó en 2011 con apoyo de la Agencia España de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y de personalidades del mundo del cine español. Desde entonces, ha formado a la primera generación de cineastas saharauis gracias a un programa bianual que incluye el alojamiento y la manutención para los alumnos que proceden de campamentos lejanos. Jairo Vargas

Una clase de la escuela primaria (madrassa) del campamento saharaui de Ausserd. A pesar de las dificultades, la RASD ha logrado desarrollar una precaria pero efectiva red de educación primaria presente en todas las wilayas. Casi la totalidad de los menores saharauis están escolarizados en las alrededor de 30 madrassas construidas desde los años 80 con apoyo y financiación de ONG y gobiernos extranjeros. El sistema ha logrado reducir el analfabetismo del 90% imperante en la época colonial hasta cifras similares a las de países desarrollados. Jairo Vargas

Un espectáculo del colectivo Pallasos en Rebeldía, una red internacional de circo y clown solidario que actúa en zonas de conflicto. Los campamentos de Tinduf, en el marco del Fisahara, son una de sus citas habituales para llevar la “risoterapia” hasta un público que vive en situaciones hostiles. Más allá de las horas en el colegio, son muy pocas las actividades educativas y de ocio para los menores saharauis, que representan casi el 40% de la población refugiada. Jairo Vargas
Por Jairo Vargas
EL SALTO