22 Aug
22Aug

Cada generación de progresismo latinoamericano encuentra, con puntualidad casi litúrgica, a su norteamericano decente.

Hubo uno con Obama, que iba a cerrar Guantánamo y resultó el presidente que perfeccionó el asesinato selectivo por control remoto en siete países distintos. Hubo otro con Bernie Sanders, presentado durante años como la prueba viviente de que dentro del imperio anidaba una izquierda posible, hasta que el propio Sanders se ocupó de aclarar los límites de esa posibilidad.

Hoy el objeto de devoción es Zohran Mamdani, y en el horizonte inmediato empieza a perfilarse una nueva candidata, Angie Nixon, que gana una interna en Florida sin gastar un peso y ya despierta el mismo entusiasmo apresurado. El patrón se repite con la regularidad de un mecanismo, y como todo mecanismo, cumple una función.

La función es sencilla y no requiere demasiada sofisticación para describirla. Ante la evidencia acumulada de que el imperio no tiene grieta, cierto progresismo prefiere producir una y salir a buscarla puertas afuera, en la política doméstica de la potencia que los oprime, antes que asumir la conclusión más incómoda, que no hay outsider posible dentro de un sistema diseñado precisamente para neutralizar outsiders.

Se celebra al que promete romper algo, se lo sigue con devoción durante la campaña, y cuando ese dirigente llega al poder o simplemente empieza a hablar con seriedad de política exterior, se lo descubre tarde, siempre tarde, ejerciendo aquello para lo que en realidad estaba destinado.Obama es el caso más estudiado y el más ilustrativo.

 La épica de su llegada a la Casa Blanca, la primera presidencia negra, el premio Nobel de la Paz entregado antes de que hiciera nada que lo mereciera, construyeron una figura que parecía anunciar una ruptura civilizatoria.Ocho años después, el balance era otro, drones sobre Pakistán, Yemen, Somalia y Libia, la doctrina de las kill lists los martes en el Situation Room, la intervención en Libia que terminó de desintegrar ese país, el sostenimiento de Guantánamo que había prometido cerrar el primer día de gobierno. No hubo sorpresa ahí, solamente ingenuidad tardía de quienes proyectaron sobre un hombre lo que necesitaban creer sobre el país que gobernaba.

Con Sanders el guion fue parecido, aunque el desenlace llegó más rápido para quienes prestaron atención. Se lo presentó como la izquierda que Estados Unidos nunca había tenido, el socialista que finalmente iba a torcer el brazo del establishment demócrata. Y sin embargo, cuando le tocó hablar de Medio Oriente, Sanders fue explícito sobre dónde termina su heterodoxia. Dijo, con sus propias palabras, que vivió en Israel, que tiene familia en Israel, y que Israel tiene derecho no solamente a vivir en paz y seguridad sino a saber que su existencia será protegida por el gobierno de Estados Unidos.

No fue un desliz ni una concesión táctica arrancada bajo presión, fue una convicción enunciada con la misma claridad con la que defendía el salario mínimo. La empatía sionista de Sanders no contradice su socialismo doméstico, coexiste con él sin fricción, porque ambos caben perfectamente dentro de los límites que el sistema político norteamericano tolera.Mamdani repite ahora la misma operación con una variante interesante, porque su figura reúne todos los atributos que deberían garantizar la ruptura, musulmán, socialista, hijo de inmigrantes, crítico del genocidio en Gaza. Y sin embargo, apenas se le pregunta por América Latina, Mamdani responde con la misma gramática que cualquier funcionario del Departamento de Estado. Sus palabras fueron literales, “quiero ser claro sobre mi posición, creo que tanto Nicolás Maduro como Miguel Díaz-Canel son dictadores”.

No hace falta glosar demasiado esa frase, alcanza con notar que reproduce sin matices el marco discursivo que Washington construyó durante décadas para justificar el bloqueo a Cuba y el cerco a Venezuela, el mismo marco que utilizan republicanos y demócratas por igual cuando se trata de definir soberanía en el hemisferio sur.

Con Angie Nixon todavía no hay desenlace, apenas una interna ganada en Florida con recursos mínimos, según cuenta su propio comité de campaña, y ya empieza a circular el mismo entusiasmo prematuro que antecedió a cada una de las decepciones anteriores. 

Señalar el patrón histórico no supone que quienes se ilusionaron con Obama o con Sanders hayan aprendido algo de esas decepciones, la evidencia sirve para describir el mecanismo, no para suponer que alguien vaya a dejar de repetirlo.

Vale la pena decirlo antes de que el ciclo vuelva a cerrarse, no porque haga falta un pronóstico sobre la carrera política de Nixon, sino porque el mecanismo que la convierte en objeto de proyección funciona con independencia de quién ocupe el lugar.

 Cualquier candidatura que emerja con un discurso de ruptura dentro del Partido Demócrata va a activar la misma maquinaria de ilusión, y esa maquinaria dice mucho más sobre quienes la activan que sobre la persona en cuestión.

El error de fondo no está en la biografía de cada dirigente sino en la pregunta que se les formula. Preguntarse si Obama, Sanders o Mamdani son antiimperialistas es preguntarle a un gerente si está en contra de la empresa que dirige. 

Demócratas y republicanos no son proyectos antagónicos sobre la naturaleza del poder norteamericano, son dos administraciones posibles de un mismo poder, dos estilos de gestión imperial con la misma disposición a intervenir, sancionar, invadir o derrocar cuando los intereses estratégicos de Washington lo requieren. 

Cambia el tono, cambia el vocabulario, cambia el grado de vulgaridad con el que se enuncia la dominación, pero la dominación no cambia.Conviene además historizar esa identidad partidaria, porque no fue siempre la que es hoy. 

Hasta bien entrado el siglo veinte el populismo agrario y buena parte del progresismo obrero norteamericano habitaban el campo republicano, el partido de Lincoln, la insurgencia populista de fines del diecinueve, el ala progresista de La Follette en Wisconsin, mientras el Partido Demócrata funcionaba como el partido del Sur segregacionista, de las máquinas urbanas clientelares y de la élite terrateniente blanca.

El vuelco empieza con el New Deal de Roosevelt, que atrae hacia el Partido Demócrata al norte obrero e inmigrante, y se consuma recién con la Civil Rights Act de 1964, cuando Johnson expulsa al Sur blanco segregacionista hacia el Partido Republicano y termina de fijar a los demócratas como el partido asociado a las minorías, los sindicatos y el progresismo. 

Fue un realineamiento electoral real, pero no alteró la función imperial de ninguno de los dos partidos, que siguieron siendo aparatos de gestión del mismo Estado, apenas con la base social intercambiada.Por eso el problema no es Trump. Trump es apenas la versión más franca y menos disimulada de una lógica que sus antecesores ejercieron con guantes de seda. Kennedy, el presidente joven y elegante que todavía inspira nostalgia democrática, ordenó la invasión de Playa Girón, escaló la presencia militar en Vietnam y autorizó operaciones encubiertas en medio continente. 

Obama, con su oratoria impecable y su sonrisa entrenada, mató más gente por control remoto que cualquiera de sus predecesores.Los buenos modales no atenúan la bestialidad, la administran mejor, la vuelven más presentable ante audiencias que necesitan creer que el poder puede ejercerse con elegancia.

Ahí está el verdadero peligro de estas figuras, no en lo que hacen, que tarde o temprano se termina pareciendo a lo que hicieron los demás, sino en la cobertura moral que le prestan a un aparato que sin ellas quedaría desnudo.Y hay que ser todavía más preciso, porque hablar de buenos y malos modales sigue siendo una clave moral, y la clave correcta no es moral, es técnica.

 Lo que separa a Trump de Obama, o a Sanders de Mamdani, no es una diferencia de carácter sino una diferencia de escuela dentro de la misma tarea, que es administrar la declinación relativa del poder norteamericano frente a un mundo que ya dejó de aceptar la unipolaridad. Trump administra ese declinacionismo con proteccionismo, guerra comercial y retirada selectiva de compromisos multilaterales.

Obama lo administró con el pivote hacia Asia y un multilateralismo más bien cosmético. Biden lo administró rearmando alianzas tradicionales y subsidiando industria propia bajo la lógica de recuperar músculo productivo. Sanders, cuando llega a pronunciarse sobre gasto militar, lo hace pensando en Medicare for All y en la vivienda, no en Gaza ni en Venezuela.

Mamdani ordena su tablero geopolítico clasificando dictadores del modo que necesita para no perder el respaldo que le hace falta para gobernar Nueva York, no porque haya evaluado en serio la situación de Caracas o de La Habana. Son todas variantes de una misma pregunta, cómo se recompone la legitimidad interna de un Estado erosionado por guerras que él mismo eligió y terminó perdiendo, por una desindustrialización de cuarenta años y por una desigualdad que ya no logra disimularse, y esa pregunta se resuelve siempre puertas adentro.

La periferia entra en esa ecuación únicamente como variable de ajuste, jamás como sujeto con intereses propios que deba pesar en la decisión. Nadie en esa disputa interna calcula qué le cuesta a Venezuela, a Cuba o a cualquier país del sur que la gobernanza norteamericana se resuelva de una manera o de otra, del mismo modo que nadie en el debate sobre el techo del gasto militar incorpora como variable a las poblaciones que reciben ese gasto convertido en bombardeo.

El cálculo es exclusivamente doméstico, quién gana la próxima elección, qué coalición social se sostiene, qué relato mantiene unido a un electorado cada vez más fragmentado, y la política exterior queda subordinada a ese cálculo como un instrumento más, disponible para cualquiera de las escuelas de administración que se disputan el mismo Estado.

Ese es el núcleo que ninguna rotación electoral resuelve, porque no es una falla de carácter que un dirigente más honesto o menos grosero pueda corregir, es la estructura misma de un imperio incapaz de pensar su propia declinación en otros términos que no sean los suyos.


Ese cálculo hacia dentro no es un capricho ni una elección moral de los dirigentes, tiene una base material. Buena parte del cinturón del óxido, esa franja industrial que alguna vez sostuvo el mito del sueño americano, quedó sumergida en una epidemia de fentanilo que la propia industria farmacéutica ayudó a producir y que el Estado prefiere narrar como una sucesión de fracasos personales, cuando en realidad es la consecuencia directa de cuatro décadas de retracción productiva, cierre de plantas y comunidades enteras vaciadas de futuro.

Esa epidemia ya mata a más estadounidenses por año que todas las guerras del siglo veintiuno juntas. Es la misma narcotización que Washington despliega hacia afuera, contra Colombia, contra México, contra cualquier periferia útil como enemigo externo, replicada puertas adentro sobre su propia población blanca empobrecida, con la diferencia de que ahí no se la llama guerra contra las drogas sino crisis de salud pública, un giro semántico que le ahorra al Estado la incomodidad de reconocer que está administrando su propio colapso social.

Del otro lado del mismo mapa hay una élite de multimillonarios que jamás fue tan rica ni tan poco tocada por ningún ciclo político, republicano o demócrata, capaz de financiar por igual una campaña de Trump y una fundación progresista sin que eso le represente ninguna contradicción, porque ninguna de las dos amenaza su posición. 

Debajo de esa élite, lo que alguna vez fue clase media ya no encuentra cómo nombrarse a sí misma, profesionales endeudados, comerciantes fundidos por las grandes cadenas, familias que perdieron la casa en la crisis de 2008 y nunca recuperaron el terreno.

Más abajo todavía está el trabajador blanco anglosajón del viejo cinturón industrial, durante generaciones la imagen misma del país, hoy convencido de que alguien le arrebató un lugar que en realidad la propia economía dejó de ofrecerle. Y junto a él, sin cruzarse casi nunca, el archipiélago de los desplazados, veteranos que volvieron de guerras perdidas sin lugar donde volver, deudores estudiantiles que nunca van a terminar de pagar lo que deben, trabajadores migrantes perseguidos por el mismo aparato que los necesita para sostener la agricultura y la construcción, comunidades evangélicas que reconstruyen algún sentido de pertenencia en el rencor identitario.Ese mosaico nunca logra traducirse en una propuesta política unificada, y esa incapacidad no es casual, es funcional al propio sistema. 

Cada fragmento del malestar social norteamericano es capturado por separado, la adicción se medicaliza o se criminaliza según el color de piel de quien la padece, el resentimiento del trabajador blanco del cinturón industrial se canaliza hacia el nacionalismo económico de Trump, el miedo de quienes fueron clase media y temen seguir cayendo se descarga en el rencor hacia el migrante, la angustia de los más jóvenes se canaliza hacia el ala socialista del Partido Demócrata, y ninguno de esos canales logra articularse con el otro porque el propio sistema de partidos está diseñado, con bastante eficacia, para impedir precisamente esa articulación.

Un Estado que lograra unificar el resentimiento del obrero del cinturón industrial con el de la comunidad migrante perseguida y con el del joven socialista de Nueva York enfrentaría un problema político real, de modo que se ocupa de mantenerlos separados, a veces enfrentados entre sí, cada fragmento convencido de que su enemigo inmediato es el fragmento de al lado y no la estructura que los fracturó a todos por igual.

Estos dirigentes silvestres, como suelen aparecer con genuino entusiasmo popular en algún distrito o en alguna interna, cumplen además una función de válvula de escape que conviene no subestimar. Absorben el malestar acumulado, lo canalizan hacia adentro del sistema de partidos, y en el proceso lo neutralizan.La energía que podría organizarse por fuera del bipartidismo termina invertida en primarias demócratas, y cuando el ciclo electoral se cierra, la maquinaria sigue intacta, ahora con un rostro nuevo que la humaniza. 

No hace falta suponer mala fe en cada uno de estos dirigentes para entender el efecto sistémico, alcanza con mirar hacia dónde fluye la energía política que despiertan y verificar que nunca fluye hacia afuera del propio Estado que dicen cuestionar.


Pero el problema no se agota en la política exterior norteamericana, tiene una historia doméstica igual de sangrienta que rara vez entra en estos balances. El propio primero de mayo, feriado que el mundo entero conmemora, nació de la represión al movimiento obrero de Chicago y de la ejecución de los mártires de Haymarket, un episodio que Estados Unidos jamás incorporó a su propio calendario. 

Sacco y Vanzetti fueron ejecutados por ser quienes eran, inmigrantes y anarquistas, en un juicio que ni sus propios jueces defenderían hoy con la conciencia tranquila.La represión sobre la población negra no se detuvo con el fin formal de la segregación, mutó en la guerra contra las drogas y en el encarcelamiento masivo, la misma selectividad racial que llenó las cárceles con consumidores negros de crack en los años ochenta y que hoy, frente al fentanilo, trata como emergencia sanitaria lo que entonces trató como delito.

 El macartismo persiguió sindicalistas, artistas y militantes con la misma lógica que después se aplicó, actualizada, contra el movimiento antiglobalización y contra cualquier disidencia que amenazara con organizarse más allá de lo tolerable.

Esa misma matriz represiva se ensañó también con quienes se opusieron a las guerras del propio Estado, y ahí la continuidad entre pasado y presente es casi literal. La represión al movimiento antiguerra de Vietnam no fue solamente un capítulo de Nixon, fue Johnson, demócrata, quien escaló la guerra mientras el FBI de COINTELPRO fichaba, infiltraba y desarticulaba organizaciones antibélicas y de izquierda, y fue la Guardia Nacional la que disparó contra estudiantes desarmados en Kent State en 1970.

Medio siglo después el patrón vuelve a repetirse con Gaza, campamentos universitarios desalojados con policía antimotines, estudiantes suspendidos, expulsados o amenazados de deportación, buena parte de esa represión ejecutada bajo la administración de Biden, el mismo partido que hoy se presenta como la conciencia progresista frente a Trump. 

La continuidad no es casualidad, es la lógica de un Estado que tolera la disidencia hasta el punto exacto en que empieza a incomodar el consenso bipartidista sobre política exterior, y ahí no distingue entre gobiernos demócratas o republicanos.

Todo eso no es anecdotario, es la misma matriz que después se proyecta hacia afuera en forma de guerra, bloqueo o golpe blando. Un Estado que construye su cohesión interna reprimiendo a sus propios disidentes no puede convertirse, por la sola gracia de un dirigente carismático, en garante de la soberanía ajena. La lógica de construcción política estadounidense es unívoca, hacia adentro y hacia afuera, y ningún outsider silvestre altera esa lógica desde el interior de un sistema de partidos diseñado exactamente para impedirlo.

Que busquen entonces su norteamericano decente los que necesiten seguir buscándolo. Que lo celebren, que convivan con la ilusión si eso los ayuda a sobrellevar la desesperanza de un continente que sigue esperando gestos de humanidad desde el centro del imperio. 

Pero que no esperen respeto intelectual por el hallazgo. Descubrir tarde y con suerte a un tío Tom no es lucidez política, es la repetición cansada de una ingenuidad que ya debería haber aprendido a reconocerse.


Fernando Esteche* Dirigente del Encuentro Patriótico. 

Doctor en Comunicación Social (FPyCS-UNLP). 

Director de PIA Global. 

Foto de la portada: NYT

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