22 Mar
22Mar

El conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos escala en intensidad, expone fracturas internas en Washington y abre interrogantes sobre su impacto global y político.

La guerra contra Irán entra en su cuarta semana y a nadie se le escapa que el plan original de Israel y Estados Unidos ha fracasado. Lo que iba a ser un ataque punitivo relámpago se ha convertido en una guerra de desgaste y en un punto de inflexión en la economía internacional. Según el diario británico The Economist, el conflicto ha restringido entre el 10 y el 15% del suministro mundial de petróleo.

Irán no deja de dar sorpresas. En plena celebración del Año Nuevo Persa, el Noruz, demostró que su poder de ataque no se ha desplegado aún en toda su capacidad.

El 20 y 21 de marzo, el equinoccio de primavera en el hemisferio norte, es festejado en Irán, como en muchos pueblos de la Tierra, como un renacimiento. Con más de 3.000 años de tradición zoroástrica, el pueblo persa celebra que se vaya el invierno y que “triunfe la luz sobre la oscuridad”, que se renueve la naturaleza y que comience un “nuevo día”.

En este reinicio, las fuerzas militares iraníes no sólo atacaron puntos claves de Israel como el aeropuerto Ben Gurión y la ciudad de Dimona -principal sede del desarrollo nuclear israelí-, sino que inauguraron, por primera vez, el uso operativo de sus misiles balísticos de alcance intermedio. El objetivo fue la polémica base militar británica estadounidense de la isla Diego García, en el Océano Índico, a 4.000 kilómetros de Teherán. El mensaje está claro: el gobierno islámico está dispuesto a trascender las fronteras de Oriente Medio si fuera necesario.

Fuentes norteamericanas citadas por el diario The Wall Street Journal aseguran que Irán disparó dos misiles: uno falló en pleno vuelo y el otro habría sido interceptado por otro misil disparado desde un buque estadounidense. El Pentágono no ha confirmado si la interceptación fue exitosa.

Crecen las fisuras en el gobierno de Trump
A diferencia de la oposición iraní que ha quedado invisibilizada por las marchas de respaldo al gobierno -manifestaciones masivas en las calles a pesar de que llueve fuego-, en Estados Unidos crece el descontento y las tensiones internas. El presidente Donald Trump, obligado por las crecientes turbulencias de su gestión, ha tenido que cancelar algo que imaginaba como su apogeo histórico: la cumbre con su par chino, Xi Jinping, en Beijing.
Las fisuras son muchas, pero hay dos que son paradigmáticas. Una es la renuncia del director del Centro Nacional de Antiterrorismo de EEUU, el funcionario de más alto cargo en ese campo, Joseph Kent. La hizo mediante una carta pública que más que un texto es una bomba.

La segunda, son las asperezas en la OTAN, organización militar creada y comandada por Washington desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y que hasta ahora había sido siempre un súbdito sumiso de la Casa Blanca. Trump pasó de llamar a los países europeos que integran esta alianza militar “inútiles y decadentes” a convocarlos para formar una escuadra que rompiera el bloqueo iraní en el Estrecho de Hormuz.

Los europeos, ya lastrados por la guerra en Ucrania, con una población musulmana importante y temerosos de que otra vez las olas de los refugiados por las guerras recalen en su territorio, decidieron colaborar al mínimo o no colaborar. La furia de Trump se desató en su red Truth Social. Al parecer inspirado por la cultura china, el norteamericano aseguró que “¡Sin EEUU, la OTAN es un TIGRE DE PAPEL!” Luego los llamó “¡COBARDES!” y prometió “¡nosotros lo RECORDAREMOS!” (las mayúsculas son de Trump).

En cuanto a Joseph Kent puso el dedo en la llaga al escribir en su carta pública que Irán no representaba una “amenaza inminente” para Estados Unidos y que Trump “inició esta guerra debido a la presión de Israel y de su poderoso lobby estadounidense” (entre otros su yerno Jared Kushner y su amigo Steve Witcoff).

Muchos creen en esa hipótesis, pero muchos más cree que Trump lo hizo por convicción propia y sin presiones. Según el New York Times, la renuncia de Kent “amplió la brecha entre los republicanos sobre la guerra y la relación de EEUU con Israel” y es llamativo como un analista de derecha como Thomas Friedman cuestiona abiertamente tanto las tácticas trumpistas como la guerra en general.

Hace una semana, Friedman tituló su editorial: “Trump no tiene ni idea de cómo terminar la guerra con Irán” y aseguró “Trump ha hablado mucho sobre el 'día después' en Irán, diciendo cosas verdaderamente ridículas y a menudo contradictorias que revelan a un comandante en jefe que lo está inventando todo desde cero”.

La grandilocuencia de Trump ¿táctica o senilidad?
Las mentiras, las exageraciones, las declaraciones contradictorias infectan el discurso de Trump. El 14 de marzo en su red, el presidente estadounidense aseguró que la República Islámica estaba totalmente derrotada y que buscaba un acuerdo. "Buscan negociar”, escribió. De paso criticó a los medios que “odian informar sobre lo bien que le va al Pentágono contra Irán”.

Pero 48 horas después, en conferencia de prensa, dijo que este conflicto “es un gran juego de ajedrez de nivel altísimo. Estoy tratando con jugadores muy astutos. Son gente inteligente, de coeficiente intelectual muy alto. No se llega ahí de casualidad”.
Días más tarde, el viernes 20, Trump volvió a cambiar e insinuó que buscaba negociar. “Quiero hablar con Irán, pero no hay nadie allí. La mayoría de los líderes ha desaparecido y ahora nadie quiere ser un líder allí”. Irán negó que hubiera contactos.

¿Es una táctica de desorientación o divague senil? Porque como se sabe lo que tiene peso y se recuerda es la primera aseveración y no la posterior desmentida. La CNN entrevistó a un alto funcionario iraní quien asegura que las declaraciones bizarras del magnate son “maniobras psicológicas”.

Las alusiones a una posible desescalada –dice el funcionario a la CNN– “no reflejan la realidad sobre el terreno”. Según Teherán no se registra ningún cambio tangible en el nivel de actividad militar del Pentágono. “Nuestra decisión es firme e inapelable”: no se trata de dar una respuesta pasajera, sino de dar una “lección histórica”, aseguró el iraní.

En EEUU hay importantes politólogos que creen que Trump es consciente de haberse metido en una encerrona y que está buscando una alternativa. John Mearsheimer, el famoso analista y profesor de la Universidad de Chicago, lo dijo con claridad: “Trump querría ponerle fin a la guerra. El problema es que no encuentra una vía de salida”.

Continúa Mearsheimer: “Washington y Tel Aviv piensan: ‘Nosotros somos los que decidimos cuándo empieza la guerra, cuándo termina y cuáles son las condiciones’. Pero así no funciona el mundo real. Irán también tiene algo que decir. Creo que ese país se ha preparado para resistir agresiones durísimas por parte de EEUU e Israel y no se van a rendir. Al contrario, creo que van a seguir subiendo la apuesta y hay que tener en cuenta que operan en un entorno lleno de blancos para atacar”.

A ocho meses de unas elecciones clave, Trump sabe que el tiempo le juega en contra. En varias oportunidades aludió a que si pierde en las legislativas de noviembre lo van “a someter a un juicio político”. Y una guerra prolongada de desgaste con Irán es el peor escenario posible.


TELMA LUZZANI

EL DESTAPE