Telma Luzzani
10 May
10May

Trump llega debilitado a Beijing tras el fracaso militar en Irán y con una crisis interna creciente, en un escenario global que reconfigura los equilibrios de poder.

El presidente Donald Trump llegará en pocos días a Beijing, sin músculos, rechazado por parte de su ciudadanía, e internacionalmente herido.

¿Qué carta de triunfo puede exhibir ése que se autoproclama el máximo líder mundial frente al presidente de la gran potencia emergente comunista, cuando se encuentren el próximo 14 y 15 de mayo?

Trump sólo puede mostrar a su par chino Xi Jinping logros patéticos: haber secuestrado al presidente de Venezuela y, con una fuerza descomunal, obligar a ese país a plegarse a la ruta norteamericana; haber asesinado supuestos narco-marineros en el Mar Caribe; haber acosado a Cuba (aprovechando su debilidad tras seis décadas de bloqueo) y haber amenazado con cambiar el nombre de un golfo además de redibujar el mapa de América del Norte.

Todos sus éxitos parecen reducirse a la órbita del Mare Nostrum (como llaman los estrategas norteamericanos al Mar Caribe), incluida la inauguración de una estatua de oro, de 4,50 metros (casi 7 si se incluye el pedestal) con su figura. El monumento – Don Colossus– fue erigido este fin de semana en su complejo de golf, ubicado en el barrio “Little Venezuela” de Miami, Florida.

Volviendo a los asuntos serios, Trump llegará a la megacumbre con Xi con las manos vacías. O peor aún, con al menos dos puntos muy negativos: uno local —los bajísimos índices de popularidad— y otro global, el fracaso de Estados Unidos en su embestida, junto a Israel, contra Irán.

Una encuesta realizada a fines de abril por un conglomerado mediático (The Washington Post, ABC News e Ipsos) revela que el 76% de los estadounidenses desaprueba la gestión económica del republicano y el 66% de la ciudadanía está en contra de la guerra contra Irán.

En el contexto global, el descrédito que arrastra Trump es aún más rotundo. “Furia Épica”, el ataque del pasado 28 de febrero de Israel y EEUU contra Irán, programado para concluir en pocos días y conseguir un golpe de Estado que permitiera instalar en Teherán un gobierno títere, fracasó.

Como contrapartida, el mundo empezó a tomar conciencia de que muchas variables están cambiando y de que hay nuevas verdades:

La superioridad militar no es garantía de victoria estratégica.La pérdida de influencia y poder relativo de EEUU es muy significativa. La relación con sus aliados de la OTAN está resquebrajada (¡ni el Reino Unido le permitió al Pentágono usar sus bases para atacar a Irán!). Sus seguidores en Asia (Japón, Corea del Sur) se negaron a acompañarlo y ya se registran cambios impensados hasta hace poco tiempo atrás, entre sus seguidores en el Golfo Pérsico.

 Salvo Emiratos Árabes Unidos, ningún país de la región se quiere embarcar en la aventura anti-iraní. 

Irán demostró tener una gran resistencia y una enorme capacidad para trazar estrategias exitosas.

Tras 40 días de bombardeos, el gobierno islámico mantuvo el dominio del Estrecho de Hormuz; ocasionó grandes pérdidas en las bases de EEUU en el Golfo Pérsico y logró dominar las conversaciones de paz en Pakistán.

Irán ha obtenido un fuerte respaldo de Rusia y China y ha crecido su influencia a nivel regional. Ahora cuenta con mayores posibilidades de exigir y mantener sus puntos de negociación.

El respaldo obtenido por el canciller iraní Abbas Araghchi en su gira por varios países así lo demuestra. 

El presidente Vladimir Putin se comprometió a defender la “soberanía e independencia” de Teherán y llamó a Trump para involucrarse de lleno en las negociaciones. También Beijing salió con fuertes declaraciones: el canciller Wang Yi, miembro del politburó del PC Chino, advirtió que para China la guerra contra Irán es “ilegal”.

Las opciones de la Casa Blanca

A nadie se le escapa que, a pocos meses de una elección legislativa crucial, Trump está desesperado por encontrar una salida medianamente digna para poner fin a una guerra que sólo le trae pesadillas.

Israel sigue aumentando la presión en sentido contrario. Según informó el viernes el canal 12 de la TV israelí, el gobierno del premier Benjamin Netanyahu busca convencer a EEUU de continuar los ataques alegando que, si no se puede cambiar el régimen islámico, al menos hay que dañarlo a fondo en su infraestructura energética. “Si no derrocan al régimen, al menos déjenlo paralizado”, habría dicho un funcionario israelí según canal 12.

Pero el jefe de la Casa Blanca está cansado.

La revista estadounidense The Atlantic, con el título de “Síndrome de agotamiento de Trump”, publicó un informe basado en conversaciones con funcionarios y personas próximas al republicano. El medio asegura que pese a su envalentonada retórica pública, el mandatario se encuentra profundamente agotado y “frustrado” por el conflicto con Irán.

El fracaso de la última operación, el Proyecto Libertad, fue devastador dado que expuso claramente que los golpes de puño trumpistas sobre la mesa ya no atemorizan a nadie.

El Proyecto Libertad, anunciado el domingo 3 de mayo, apuntaba a conformar una flota de barcos amigos que liberarían el Estrecho de Hormuz y protegerían las naves comerciales que quisieran atravesarlo. Esa flota que supuestamente contaría con la colaboración de los aliados árabes y países asiáticos nunca existió. Nadie —salvo los Emiratos Árabes Unidos— estuvo dispuesto a acompañarlo y Trump se vio obligado a disolver el proyecto pocas horas después.

¿Qué caminos le quedan a Trump para salir de su laberinto?
Una opción —la peor— es seguir los consejos de Israel y escalar la guerra. Esto lo llevaría directamente a un fracaso rotundo en las elecciones de noviembre y a enfrentar una dura reacción global. Salvo para quienes especulan en la bolsa, la continuación del conflicto es el peor escenario: provocaría una crisis sistémica que afectaría a gran parte de los países del mundo.

La segunda opción buscaría no cambiar la dinámica guerra / negociaciones. La Casa Blanca continuaría declarando un día que la guerra ha terminado, que EEUU obtuvo un “triunfo decisivo” y que Irán se quedó sin fuerza naval y, a la mañana siguiente, aseguraría que las negociaciones para un acuerdo van bien encaminadas.

La tercera opción es buscar aproximaciones para un memorándum de entendimiento con la república islámica con la mediación de Pakistán y los acompañamientos de Rusia y China.
Esta alternativa —que es la mejor— tiene, al menos, dos malas señales. 

Primero, desde hace una semana el negociador por EEUU es un conocido lobista pro israelí: Nick Stewart, apodado el “halcón anti-iraní”. Fue nombrado por el yerno de Trump, Jared Kushner.

Segundo: ¿Irán va a aceptar la promesa de un presidente que bombardeó su país mientras estaban en marcha conversaciones de paz como ocurrió en junio de 2025? La palabra de la Casa Blanca está muy devaluada. Lo sostienen incluso los propios medios norteamericanos. La corresponsal del New York Post encargada de cubrir las negociaciones en Pakistán, Caitlin Doornbos, escribió en ese diario que resulta difícil imaginar a Trump comprometiéndose a terminar las guerras y cumplirlo. El presidente pidió inmediatamente a ese medio que la periodista “hiciera las valijas y regresara a casa”.

El memorándum de entendimiento sigue vigente al igual que las conversaciones cuasi secretas en Islamabad. ¿Habrá algún giro significativo tras las conversaciones que Xi y Trump mantendrán esta semana en Beijing? Esa es la expectativa: que esta cumbre sea la coartada para que el pragmatismo de Trump triunfe sobre su omnipotencia y su vanidad.