11 Oct
11Oct

En medio de un voraz despojo minero para abastecer a la industria tecnológica global y un devastador brote de ébola agravado por el abandono internacional, el traslado de la embajada congoleña a Jerusalén expone la alianza de élites opacas y la vigencia de un orden geopolítico que sacrifica millones de vidas por insumos estratégicos.

«Los poderosos hacen lo que quieren; los débiles sufren lo que deben.»
Tucídides. Historias de la Guerra del Peloponeso

La República Democrática del Congo (RDC) ratificó su decisión de trasladar su embajada en Israel desde Tel Aviv hacia Jerusalén. 

La medida fue confirmada días atrás por el ministro de Relaciones Exteriores israelí, Gideon Sa’ar, tras la visita de Estado de tres días del presidente Félix Tshisekedi a Israel.  

A través de un comunicado conjunto, ambas naciones informaron la reubicación de la sede diplomática y la apertura de la sede permanente de la embajada de Israel en Kinshasa. Así, la RDC se convertirá en el undécimo país en trasladar su representación a Jerusalén.

La decisión responde al interés de Tshisekedi por estrechar sus lazos con Washington e Israel, mientras que Netanyahu busca expandir sus relaciones diplomáticas e intereses, a través de empresas de origen israelí (Fleurette Group y Ventora Development) en la minería africana. De esta forma se retoma el compromiso bilateral asumido en 2023, donde ambas partes acordaron profundizar la cooperación en seguridad, defensa, agricultura, energía, infraestructura y tecnología avanzada.

Entre descorches de champán y reuniones de palacios, la realidad política y social de ambos países es trágica. Israel aumenta su conflictividad bélica con sus vecinos y las fuerzas sionistas suman cada día más bajas mientras  su economía se desploma. 

Las dos realidades, del Congo y de Israel, hablan a las claras de la descomposición moral y jurídica del orden internacional.

Mientras la narrativa del norte global promueve el cuidado del medio ambiente, el desarrollo de tecnológicas limpias y acuerdos de paz en cementerios, la RDC está atravesada por una crisis impulsada por el predatorio extractivismo sobre los minerales del este del país, la complicidad corporativa y la ambición desmedida de las grandes potencias.

En junio de 2025, el Congo y Ruanda firmaron en Washington un acuerdo de paz auspiciado por EE UU, pero la retórica diplomática quedó abiertamente expuesta cuando Donald Trump celebró haber asegurado para su país el acceso a los derechos minerales de la región.

Iniciativas como Project Vault, destinado a constituir reservas estratégicas de minerales críticos por 12 mil millones de dólares, confirman que la prioridad geopolítica real no es la preservación de la vida humana, sino el control de insumos clave para la industria militar y tecnológica, como lo denunciara el Premio Nobel de la Paz (2018) Denis Mukwege, quien dijo que estos pactos opacos premian la agresión externa y legitiman el despojo bajo la ilusión de una paz precaria.

En el núcleo del conflicto congoleño se ubica en el yacimiento de Rubaya, que concentra el 15% del coltan mundial, mineral usado para la producción para microchips y alta tecnología para la guerra. Desde hace dos años, ocupada por la milicia M23, respaldada por entre 5000 y 7000 soldados ruandeses, Rubaya genera 800 mil dólares mensuales en impuestos ilegales para la insurgencia.

Este mineral es contrabandeado hacia Ruanda e ingresa a cadenas globales de suministro que abastecen a Amazon, Sony, Ericsson, Microsoft o Toyota. Investigaciones de Global Witness mostraron el colapsado esquema de trazabilidad y la vinculación de dispositivos con abusos de derechos humanos.
Existe una doble vara internacional hacia el régimen autoritario de Paul Kagame en Ruanda. 

Los gobiernos occidentales lo tratan como socio preferente por desplegar tropas en Mozambique para proteger inversiones de Total Energies o apoyar experimentos migratorios europeos. Incluso con pruebas de contrabando, la Unión Europea firmó pactos de suministro con Ruanda, validando el botín de guerra, sin reparar que el costo humano es trágico. Más de 7 millones de desplazados internos, uso de violencia sexual como arma de guerra y la tragedia en Rubaya donde ya más de 200 mineros murieron sepultados.


Epidemia de Ébola
El colapso de la región se solapa con la peor crisis de salud pública en la historia reciente del Congo. El brote epidemiológico de Ébola, por la cepa de Bundibugyo, arrojó hasta la fecha un saldo devastador de más de 2300 fallecidos, siendo el más mortífero y de más rápido crecimiento registrado en el país.

A esta situación se llegó en gran medida por el desmantelamiento deliberado de la ayuda internacional. La decisión estadounidense de desmembrar agencias como USAID y retirarse de la OMS, sumada a los recortes presupuestarios en Gran Bretaña y Europa, privó a la región de capacidades de vigilancia epidemiológica y atención primaria, posibilitando que el virus circulase sin ser detectado durante meses.

La crisis en la RDC demuestra que la violencia en el Sur Global no ocurre en un vacío; es la consecuencia directa de decisiones políticas y económicas tomadas en las capitales de Occidente. 

Hasta que los derechos humanos y la soberanía de los pueblos no prevalezcan sobre la voracidad extractivista,  los cálculos fríos de las potencias, la falsa retórica sobre el desarrollo y la diplomacia internacional seguirán siendo una impostura llena de cinismo.


 Por Alí Mustafá

TIEMPO ARGENTINO