Pilar Cortés
05 Jun
05Jun

Las masivas protestas en Kenia frente a un proyecto de aislamiento para estadounidenses infectados con ébola puso sobre la mesa un debate tan antiguo como reciente.

En Kenia cientos de personas se manifestaron el lunes 1 de junio debido a un proyecto sanitario entre el gobierno de Estados Unidos y el gobierno keniano.

Dicho proyecto se haría en la base militar de Laikipia, en la ciudad de Nanyuki, y consiste en la creación de un centro de aislamiento para ciudadanos estadounidenses contagiados de ébola, un virus cuya tasa de letalidad es del 50% aproximadamente.

Con un saldo de dos muertos, los manifestantes lograron llegar hasta la base militar para impedir la realización del centro de cuarentena ya que en Kenia aún no se registran casos de ébola, lo cual explica la furia de quienes ven en riesgo su integridad física, su soberanía y su futuro frente a un proyecto que utilizaría a su territorio como cesto de basura.

Este hecho no es novedad: se vienen registrando numerosos acuerdos y proyectos sanitarios ‘’cooperativos’’ entre EE. UU. y varios países africanos que, en el fondo, de cooperación tienen muy poco. Más bien, se trata de la continuidad del colonialismo sanitario que nunca se fue.

El propio Papa León XIV realizó fuertes declaraciones respecto al tema: ‘’La mejora y la evolución constantes de la tecnología hacen que la actualización de las políticas existentes de seguridad y privacidad se haya convertido en una cuestión urgente y fundamental, especialmente cuando se trata de información relacionada con las bases de datos sanitarias y los biobancos. (...) Ha surgido una nueva forma de colonialismo que busca transformar las vidas personales en datos explotables".

Más allá de las creencias religiosas que profesemos, no podemos ignorar el peso de sus palabras en la agenda mediática.

Resulta lógico entonces que EE. UU., el país del cual se sospecha la creación del ébola como arma biológica, intente utilizar territorios considerados por ellos mismos como ‘’inferiores’’ para tratar a pacientes de su propia nacionalidad que se encuentren infectados por el virus.

Dicha sospecha fue ampliamente difundida tras la afirmación por parte del científico Cyril Broderick (oriundo de Liberia, lugar en donde se originó el virus) de que Occidente, EE.UU. en particular, es el causante del brote de ébola en el oeste de África, según sostiene en un artículo publicado en el periódico 'Daily Observer' de Monrovia.

No sólo Broderick lo afirma. Francis Boyle, reconocido profesor de derecho en EE.UU. y asesor de organismos internacionales en materia de guerra biológica, había declarado que las agencias gubernamentales estadounidenses cuentan con un largo historial en lo que se refiere a estudios de armas biológicas en laboratorios en Liberia y Sierra Leona. Según Boyle, entre estos organismos se encuentra el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), que actualmente es el máximo organismo para la prevención del ébola en EE.UU.
Rusia también viene advirtiendo sobre la existencia de laboratorios estadounidenses de experimentación desde hace décadas. 

De hecho, el propio Donald Trump investigará más de 120 laboratorios biológicos en el extranjero financiados por el país norteamericano, incluidos aquellos ubicados en Ucrania, cuya existencia fue negada rotundamente por la administración del expresidente Joe Biden.

A pesar de las vastas evidencias de la experimentación médica por parte de EE. UU. en poblaciones africanas, afroamericanas, latinoamericanas, pobres y vulnerables en el Sur global, la afirmación de que el virus del ébola fue creado por la máxima potencia militar es catalogada a menudo como una teoría conspirativa, una estrategia muy útil para obtener la descalificación y el descreimiento por parte de la sociedad civil.

Por Pilar Cortés para Data Urgente