09 Jul
09Jul

El legado del ayatolá Seyed Ali Jamenei trasciende su liderazgo político para convertirse, según el autor, en un símbolo perdurable de soberanía, justicia y resistencia.

Por Sayid Marcos Tenório *

Hay líderes que gobiernan un país. Luego están aquellos que llegan a definir su época. Y, finalmente, están quienes trascienden el ejercicio del poder político, convirtiendo sus vidas en parte del patrimonio moral de una nación y en una fuente permanente de inspiración para los pueblos libres del mundo que se niegan a someterse.El ayatolá Seyed Ali Hoseini Jamenei pertenece a esta última categoría.Su trayectoria comenzó lejos de los palacios del poder y los privilegios. Nacido en la ciudad santa de Mashad —hogar del santuario del Imam Reza (P)— en el seno de una familia humilde, encontró en la fe, el conocimiento y el compromiso social los pilares que forjaron su carácter.

Desde muy joven comprendió que la religión no debía servir como refugio frente a la injusticia, sino como una fuerza espiritual para enfrentarla. Junto al Imam Ruholá Jomeini, arquitecto de la Revolución Islámica y su mentor, el ayatolá Jamenei contribuyó a construir un movimiento que transformaría profundamente la historia de Irán y de Asia Occidental.

Perseguido, encarcelado y torturado bajo el régimen dictatorial de los Pahlaví, respaldado por Occidente, el ayatolá Jamenei jamás renunció a su convicción de que la independencia política, la soberanía nacional y la justicia social eran principios inseparables.

La Revolución Islámica de 1979 representó mucho más que la caída de una monarquía apoyada por Occidente. Simbolizó la decisión de una nación de recuperar el control de su propio destino y trazar un nuevo camino fundamentado en el islam y sus enseñanzas.

Los años posteriores trajeron desafíos extraordinarios para la República Islámica. La guerra impuesta, las sanciones ilegales e injustas, el aislamiento económico y una incesante campaña para promover un «cambio de régimen» pusieron a prueba la capacidad de resistencia de la República Islámica.En lugar de aceptar la dependencia o la sumisión, el ayatolá Jamenei impulsó lo que denominó la «economía de resistencia»: invertir en la ciencia, fortalecer las universidades, desarrollar la tecnología nacional y confiar en las capacidades del pueblo iraní.

Para él, la verdadera independencia jamás podía existir sin la autosuficiencia científica, económica y cultural del país y de su pueblo.

Su liderazgo y su influencia trascendieron ampliamente las fronteras de Irán. El apoyo firme e incondicional a Palestina se convirtió en un pilar permanente de su pensamiento político, al igual que en el de su predecesor, no solo como una cuestión geopolítica, sino como un imperativo moral.
Consideraba que Palestina era la causa más importante del mundo musulmán y brindó todo el apoyo posible al pueblo palestino y a la Resistencia.

En sus discursos, la causa palestina encarnaba el derecho universal de los pueblos a la libertad, la autodeterminación y la resistencia frente a la ocupación y al colonialismo. A lo largo de las décadas, esta visión acercó a Irán a naciones y movimientos que buscaban defender su soberanía frente a las presiones de las grandes potencias hegemónicas.

Para millones de personas del Sur Global, el ayatolá Jamenei llegó a simbolizar una doctrina política basada en la independencia estratégica y en el rechazo a que las grandes potencias determinen el destino de otras naciones.

Su martirio, a consecuencia de un ataque estadounidense-israelí perpetrado a finales de febrero en Teherán, no produjo el resultado que esperaban quienes creían que debilitaría a la República Islámica. 

El objetivo original era derrocar a la República Islámica; en otras palabras, impulsar un «cambio de régimen».
Por el contrario, transformó su trayectoria personal en un legado histórico perdurable. Millones de iraníes colmaron las calles durante más de 120 días para rendir homenaje a un líder cuya vida llegó a simbolizar la perseverancia, la dignidad y la resistencia.

Los mártires ocupan un lugar único en la memoria de las naciones independientes y soberanas. Su ausencia física suele magnificar la fuerza de sus ideas. Los mártires, como afirma el Sagrado Corán, están vivos. La historia demuestra una y otra vez que los proyectos políticos pueden perdurar cuando están profundamente arraigados en la conciencia colectiva de un pueblo.En este sentido, el ilustre legado del ayatolá Seyed Ali Hoseini Jamenei trasciende con creces la biografía de un estadista o de una autoridad espiritual. Su vida se ha convertido en un referente para todos aquellos que defienden un mundo multipolar, la soberanía de las naciones y el derecho de los pueblos a decidir su propio futuro sin coerción externa.

En una época en la que las guerras ilegales e injustificadas, los bloqueos económicos y las intervenciones extranjeras continúan utilizándose como instrumentos de presión internacional, su historia nos recuerda que la resistencia no nace únicamente de la fuerza militar; surge de la convicción de que la dignidad de un pueblo nunca es negociable.

Los imperios acumulan poder. Los pueblos acumulan memoria.

 El poder cambia de manos. La memoria perdura a través de las generaciones.Quizá el mayor legado del ayatolá Seyed Ali Hoseini Jamenei sea haber demostrado que los líderes pueden partir, pero las ideas arraigadas en la soberanía, la justicia y la resistencia continúan caminando junto a los pueblos a los que inspiraron. 

* Sayid Marcos Tenório es historiador, analista de geopolítica y presidente del Instituto de Amistad Brasil-Irán. Es autor del libro Palestina: del mito de la tierra prometida a la tierra de la resistencia.



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