La trayectoria del ayatolá Seyed Ali Jamenei marcó la consolidación de la República Islámica y una visión de soberanía basada en la resistencia.}
Por Xavier Villar
El bombardeo de la residencia del líder supremo en el centro de Teherán, en junio de 2025, puso fin a la trayectoria del ayatolá Seyed Ali Jamenei. Su muerte a los ochenta y seis años, durante una ofensiva aérea conjunta de Estados Unidos e Israel, interrumpió la continuidad institucional de la República Islámica en un momento crítico del conflicto. Meses después, con la guerra concluida y la firma de un memorándum de acuerdo entre Teherán y Washington, es posible evaluar su mandato con mayor perspectiva. Leer su biografía exige situarse fuera de las categorías del liberalismo occidental y observar su trayectoria desde la lógica de la soberanía estatal y la resistencia frente a un orden internacional percibido como hostil. Su figura encarna la transición de un movimiento revolucionario a un Estado consolidado que ha desafiado los paradigmas de la hegemonía global, demostrando que la modernidad política en el Sur Global puede articularse desde marcos epistémicos propios y no necesariamente importados.
Nacido en 1939 en Mashad, en el seno de una familia clerical de recursos limitados, la formación intelectual del ayatolá Jamenei estuvo marcada por una búsqueda temprana de claridad analítica. Su padre, un clérigo de barrio respetado pero empobrecido, le transmitió la tradición de un chiismo vinculado a las clases populares y alejado de los fastos de la corte. La adquisición de sus primeras gafas, costeada tras un año de estrecheces familiares, le permitió acceder a la literatura universal. En la biblioteca de la fundación Astan-e Qods, el joven seminarista se sumergió en las traducciones persas de Tolstói y Víctor Hugo, llegando a posponer las oraciones por la lectura. Esta inclinación literaria denotaba una sensibilidad hacia las estructuras de la opresión y la condición humana que trascendía la escolástica tradicional.
En un contexto donde la cultura oficial estaba mediada por la censura y la occidentalización impuesta por la dinastía Pahlavi, la literatura se convirtió en un espacio de libertad intelectual y crítica social. En los salones literarios de Mahhad, su pensamiento cristalizó al contacto con intelectuales como Ali Shariati y Yalal Al-e Ahmad. De ellos asimiló los conceptos de la occidentosis y la necesidad de articular una identidad autóctona frente a la modernización dependiente, sentando las bases de una cosmovisión que integraría la fe con la emancipación política, y que rechazaba tanto el capitalismo depredador como el materialismo soviético, proponiendo una tercera vía fundamentada en la justicia islámica.
Su activismo contra la monarquía le llevó a trasladarse a Qom y a forjar alianzas duraderas con figuras como Akbar Hashemi Rafsanyani. La traducción al persa de obras de Sayyid Qutb y su distribución clandestina le costaron sucesivos encarcelamientos por parte de la SAVAK. En la prisión, su interacción con otros presos políticos de diversas ideologías resultó determinante. Lejos de los dogmas excluyentes habituales en el clero, el ayatolá Jamenei mantuvo un diálogo paciente y abierto con sus compañeros de celda, compartiendo las duras condiciones del cautiverio.
De estas discusiones extrajo una comprensión profunda del antiimperialismo y la organización clandestina, integrando el análisis material de las jerarquías globales con la teología islámica de los mostazafin, los desposeídos. Esta síntesis ideológica proporcionó el sustrato conceptual para su visión posterior del Estado: una entidad encargada de proteger la independencia nacional frente a la expansión del capital y la hegemonía militar extranjera, sin renunciar a sus raíces espirituales. La experiencia carcelaria forjó en él una convicción inquebrantable sobre la necesidad de la autosuficiencia y la desconfianza estructural hacia las potencias extranjeras que históricamente habían saqueado los recursos de la nación.
Como tercer presidente de la República Islámica entre 1981 y 1989, el ayatolá Jamenei asumió el poder ejecutivo bajo el peso de la cruenta guerra impuesta por Irak. Su presencia habitual en las líneas del frente de Ahvaz, vistiendo la indumentaria clerical bajo una chaqueta militar verde oliva para alentar a los milicianos voluntarios del Basiy, cristalizó su vínculo con las bases populares. Esta proximidad trascendía lo simbólico y le permitió comprender la extraordinaria capacidad de movilización de la sociedad iraní cuando se percibe a sí misma defendiendo su territorio, su fe y su dignidad frente a un agresor externo. Durante aquellos años, su administración implementó sistemas de racionamiento y distribución equitativa de recursos básicos, forjando un sentido de sacrificio colectivo que cohesionó a la nación en los momentos más oscuros.
El atentado con bomba de junio de 1981, que le causó la parálisis permanente del brazo derecho, consolidó esta imagen de entrega. En aquel contexto de asedio, su gestión estuvo guiada por un pragmatismo estricto, orientando la retórica revolucionaria hacia la supervivencia material del Estado. Esta lógica impulsó la reactivación del programa nuclear iraní, abandonado inicialmente por Jomeini, ante la percepción de las amenazas existenciales de la región. Tales decisiones revelaban una comprensión temprana de que la autonomía estratégica requería flexibilidad táctica y la adquisición de capacidades disuasorias propias frente a un entorno regional profundamente hostil.La transición al liderazgo supremo en 1989, tras el fallecimiento de Jomeini, representó una reconfiguración institucional mayor. La designación del ayatolá Jamenei, impulsada por Rafsanyani y la Asamblea de Expertos, requirió una reforma constitucional que eliminó el requisito de la máxima autoridad religiosa o marja'iyya. Las lecturas convencionales han interpretado este hecho como una carencia de cualificaciones teológicas.
Desde la perspectiva de los estudios críticos, esta transición responde a una evolución necesaria del concepto de Vilayat-e Faqih. La República Islámica, tras una década de guerra y bajo la amenaza de colapso, requería en la cúspide del poder a un líder cuya competencia principal fuera la gestión política y la estrategia de Estado, más que la erudición quietista. El ayatolá Jamenei aportó la lectura geopolítica y la capacidad de maniobra institucional necesarias para consolidar un sistema de gobierno complejo en un entorno regional volátil. Bajo su dirección, la doctrina de la Maslahat, o conveniencia del sistema, se consolidó como el principio rector que permitía al Estado adaptar sus políticas a las exigencias de la supervivencia nacional, priorizando la preservación de la república y los intereses de los desposeídos sobre los dogmas rígidos o las interpretaciones estáticas de la jurisprudencia.
En la primera década de su liderazgo, el ayatolá Jamenei gestionó la tensión entre la institucionalización del Estado y los impulsos revolucionarios. Ante los proyectos de integración económica y normalización diplomática promovidos por sectores tecnócratas, reforzó el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica como pilar de la soberanía estratégica. Al mantener su autonomía frente a las fuerzas armadas regulares y permitir su expansión en la gestión de recursos, el ayatolá Jamenei aseguró que la estructura militar quedara al margen de las lógicas de mercado o de los acuerdos externos.
Esta decisión consolidó una arquitectura de poder que priorizaba la independencia decisional frente a la presión internacional. Paralelamente, impulsó una expansión masiva de la educación superior, llevando universidades a las zonas rurales y marginadas del país, entendiendo que la justicia social y la movilidad ascendente eran fundamentales para la legitimidad del proyecto revolucionario.
A lo largo de las sucesivas administraciones, esa estructura funcionó como un mecanismo de continuidad, preservando la capacidad de maniobra del Estado en un contexto de asedio prolongado. Esta visión culminaría años más tarde en la doctrina de la economía de resistencia, un modelo de desarrollo endógeno diseñado para neutralizar el impacto de las sanciones occidentales, fomentar la producción nacional, impulsar la innovación tecnológica local y proteger a los sectores más vulnerables de la población frente a la coerción económica global, demostrando que el aislamiento impuesto podía convertirse en un catalizador para el desarrollo autónomo. En el ámbito exterior, la doctrina del ayatolá Jamenei se materializó en la construcción del Eje de la Resistencia y la defensa del programa nuclear.
La capacidad de enriquecimiento de uranio se articuló como la expresión material de la soberanía tecnológica. En un orden global que impone restricciones científicas desiguales sobre el Sur Global, el programa nuclear representaba el derecho de Irán a la autosuficiencia estratégica y a la modernidad científica. Paralelamente, la red de alianzas con movimientos en Líbano, Irak, Siria y Yemen operó bajo una lógica de defensa en profundidad. Más que una mera alianza militar, este eje funcionó como una red de solidaridad poscolonial que articulaba a diversos actores regionales en torno a la rechazo de la hegemonía occidental y el proyecto sionista.
Ante la presencia militar estadounidense en sus fronteras y la hostilidad estructural de Israel, el establecimiento de capacidades disuasorias asimétricas en el Levante resultó una respuesta racional para elevar el coste de cualquier agresión convencional contra el territorio iraní. Esta proyección estratégica transformó el mapa de poder en Oriente Medio, desplazando el centro de gravedad de las alianzas tradicionales hacia un eje de soberanía regional que reivindicaba la agencia política de los pueblos de la región.La experiencia del Plan de Acción Integral Conjunto validó sus reservas históricas sobre la diplomacia con Washington.
Aunque autorizó a Rohaní a negociar bajo la premisa de la flexibilidad heroica, la retirada unilateral de Estados Unidos en 2018 y la reimposición de sanciones confirmaron su tesis de que las concesiones unilaterales generan vulnerabilidad. La guerra de 2025, concluida con la firma del memorándum entre Teherán y Washington, demostró la eficacia de su estrategia de disuasión asimétrica. Frente a la doctrina occidental de "guerra relámpago" y ataques quirúrgicos, Irán movilizó su profundidad estratégica y su capacidad de desgaste, imponiendo costes significativos a la coalición atacante y forzando una negociación en términos que preservaron la soberanía nuclear del país y garantizaron el levantamiento progresivo de las medidas coercitivas más asfixiantes.
El memorándum resultante constituyó el reconocimiento por parte de Washington de que la coerción militar y económica había alcanzado sus límites frente a una sociedad que había internalizado el coste de la resistencia. El conflicto evidenció que la arquitectura de seguridad construida durante décadas no solo protegía las fronteras, sino que disuadía a las potencias hegemónicas de intentar imponer un cambio de régimen por la fuerza.
El asesinato del ayatolá Jamenei, lejos de descabezar el sistema, reveló la solidez de las instituciones que había consolidado durante tres décadas. Su legado institucional asegura que, independientemente de la configuración futura del gobierno iraní, la memoria de su mandato perdurará como el periodo en el que Irán forjó las estructuras de poder necesarias para desafiar la unipolaridad. Su muerte física no resolvió las contradicciones estructurales del sistema internacional, pero cerró el ciclo de un liderazgo que entendió la política exterior y la defensa nacional como extensiones de la supervivencia de su civilización.
El acuerdo posterior con Estados Unidos, firmado desde una posición de fuerza militar, constituye el reconocimiento tácito de que la estrategia de resistencia del ayatolá Jamenei logró su objetivo último: garantizar la permanencia del Estado iraní frente a las potencias hegemónicas. En el marco de los estudios poscoloniales, su trayectoria demuestra que la descolonización opera como un proceso continuo de afirmación soberana frente a un sistema internacional diseñado para perpetuar la subordinación.
El ayatolá Jamenei administró la memoria histórica de una civilización que se negó a ser reducida a un apéndice del orden liberal, dejando una institucionalidad que ha demostrado ser impermeable a los intentos de cambio de régimen impulsados desde el exterior, y abriendo un nuevo capítulo en la historia de la resistencia global del Sur.
HispanTV