30 Mar
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La historia está marcada por invasiones y guerras que han destruido tesoros culturales y huellas de civilizaciones enteras. Hoy, los ataques de EE.UU. e Israel apuntan contra el patrimonio de Irán, poniendo en riesgo siglos de historia y cultura.

Hay una magia en Isfahán, la “Nesf-e-Jahan”, que, según se cuenta, resguarda la belleza, el arte y la arquitectura de “la mitad del mundo”. La ciudad se alza a orillas del río Zayandeh, en las estribaciones de las Montañas “Arcoíris” del Zagros. 

Las cúpulas de sus  mezquitas y catedrales perfilan un horizonte azul profundo, mientras grandes palacios se elevan junto a los bazares, desplegados casi como laberintos vivos. Cada piedra y cada construcción susurran la historia de la ciudad. Desde las ruinas del templo del fuego del Imperio sasánida zoroástrico hasta el Gunbad-i-Khaki —la Cúpula de la Tierra—, descrita como música hecha ladrillo y que, según se dice, estuvo influenciada o diseñada por Omar Khayyam, el célebre poeta y matemático persa.Pero hoy, estos tesoros enfrentan una amenaza devastadora.

 Los ataques de EE.UU. e Israel han apuntado a sitios del patrimonio cultural e histórico de toda Irán. Y la peor parte recae sobre Isfahán.

El monumento y pabellón de Chehel Sotoun, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, sufrió daños en sus frescos safávidas, azulejos y mosaicos de espejos. El imponente palacio de Ali Qapu, de seis pisos, y la Plaza Naqsh-e-Jahan también resultaron afectados: ventanas rotas, puertas colgantes y azulejos desprendidos.Isfahán fue capital de Irán en tres períodos históricos. La dinastía safávida, del siglo XVI al XVIII, dejó un legado de esplendor. 

Shah Abbas el Grande invitó a teólogos del Líbano, artesanos armenios, pintores de miniaturas, tejedores de alfombras, joyeros y alfareros, haciendo de la ciudad un lugar próspero, centro de riqueza cultural y belleza incomparable. "La Plaza Real de Isfahán supera cualquier plaza pública que haya visto en Roma o en todo Occidente", escribió Pietro Della Valle, el célebre viajero italiano del siglo XVII. Por su parte, Mehdi Jamalinejad, gobernador de Isfahán, la describe como "un museo sin techo". 

Subrayó que las coordenadas de los sitios históricos fueron compartidas con las partes en conflicto. Y que se colocaron señales de escudo azul en los techos, señalando su estatus como patrimonio histórico protegido bajo la Convención de La Haya de 1954 para salvaguardar bienes culturales en caso de guerra.Pero Isfahán no fue la única ciudad cuyo patrimonio fue dañado. Los ataques de Estados Unidos e Israel también impactaron monumentos en Teherán, incluido el Palacio Golestán, la obra maestra del siglo XIX de la Dinastía Qajar. 

El palacio fue la residencia real persa y sede del poder de la familia gobernante. Y allí se celebró la ceremonia de coronación de Mohammad Reza Pahlavi, en 1969. Ahora, su célebre salón de los espejos yace hecho añicos.En Sanandaj, la segunda ciudad kurda más grande del país, medios locales informaron que los museos y sitios patrimoniales del siglo XIX —específicamente las mansiones Salar Saeed y Asef Vaziri— sufrieron daños.El Ministerio de Patrimonio Cultural de Irán informó que al menos 56 sitios históricos, museos y monumentos han sido dañados por los ataques aéreos de EE.UU. e Israel.

La historia se repite

Este patrón de destrucción no es nuevo. Tras la invasión estadounidense de Bagdad en 2003, el mundo fue testigo de la devastación del patrimonio de Iraq. El Museo Nacional fue saqueado, la biblioteca coránica incendiada, y antiguos artefactos sumerios y babilónicos expoliados.

El periodista Robert Fisk relató desde el terreno las alertas que recibieron los Marines de EE.UU. mientras la Biblioteca Nacional ardía, que fueron ignoradas. La historia de Iraq se redujo al “Año Cero”, con milenios de historia convertidos en cenizas.

Desafortunadamente, la historia está plagada de ejemplos de invasores y guerras que destruyen tesoros culturales y artefactos históricos.

El templo de Palmira, destruido por los terroristas del Daesh. Los Budas de Bamiyán, arrasados por los talibanes. La devastación de Varsovia por la Alemania nazi y los crímenes de los Jemeres Rojos en el siglo XX. Y los episodios se remontan aún más atrás: el incendio del Palacio de Verano en Beijing, China, por tropas británicas y francesas, o los estragos causados por los españoles en los templos y códices de los imperios azteca e inca, en América. 

La historia está marcada por la destrucción deliberada del patrimonio cultural.

Sin embargo, los monumentos de Isfahán habían resistido, en gran medida, la brutalidad de los invasores. Desde los mongoles hasta los timúridas, y desde los afganos hasta los iraquíes durante la “Guerra Sagrada”, todos evitaron atacar su patrimonio arquitectónico.

Ahora, el Comité estadounidense del Escudo Azul, una organización sin fines de lucro, expresó su profunda preocupación por los ataques y advirtió que los sitios históricos de Irán “pertenecen no solo al pueblo iraní, sino a toda la humanidad”. El gobernador de Isfahán los condenó como una “declaración de guerra a una civilización”.

El latido de un pasado legendario

Los iraníes mantienen una conexión profunda con su cultura. Conciben su identidad como enraizada en miles de años de historia, en los que la tradición islámica chií se fusionó con la herencia persa, en lugar de reemplazarla. Festividades como Nowruz, el Año Nuevo iraní —celebrado para dar la bienvenida a la primavera— junto con celebraciones culturales como la Noche de Yalda (el solsticio de invierno) y Chaharshanbeh Suri (el festival del fuego), reflejan la persistente influencia de la antigua Persia preislámica.

El legado del poeta Ferdowsi y su épica Shahnameh (Libro de los Reyes) es una piedra angular de la identidad nacional iraní, al haber preservado la cultura persa durante más de un milenio. Este sentido de orgullo está tan arraigado que incluso el clero, pese a sus inclinaciones ideológicas, ha aprendido a integrarlo y a utilizarlo como un elemento de cohesión nacional. Un claro ejemplo data de 1994. 

En un extraordinario intercambio, el clero gobernante repatrió a Irán el manuscrito persa superviviente más importante del Shahnameh tras 400 años de ausencia. Elaborado en Tabriz en la década de 1520, había sido obsequiado al sultán otomano Selim III y terminó en manos del barón Rothschild.

El gobierno iraní eludió las sanciones intercambiando el manuscrito por una pintura de una mujer desnuda de De Kooning, almacenada en el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán, ambas valoradas en 20 millones de dólares cada una.

Tras años de negociaciones secretas con un marchante de arte británico, el intercambio tuvo lugar en la pista del aeropuerto de Viena, con furgones blindados encadenados al tren de aterrizaje del avión. El canje fue aprobado por el entonces vicepresidente de Irán, Hassan Habibi.Incluso hoy, el clero comprende que el daño al patrimonio cultural despoja a las naciones de su pasado, y que el arte, la cultura y la poesía son elementos que las mantienen unidas.La poesía, de hecho, atraviesa toda la historia iraní. 

Incluso los líderes clericales más intransigentes reflejan esto. El imán Jomeini, padre fundador de la Revolución Islámica, fue poeta; Alí Jamenei, fallecido líder Supremo, fue crítico literario y, en los años 80, pronunció una conferencia sobre la poesía de Allama Iqbal en Lahore.

Cuando abandonaba Washington DC el año pasado, mi amigo iraní Majed Azizi me regaló un ejemplar del diwan de Hafez, el amado poeta del siglo XIV. Solíamos reunirnos en un café de Virginia, donde me traducía y explicaba la poesía persa, mientras evocaba recuerdos de su ciudad natal. “Teherán es la mente de Irán; Isfahán, su corazón”, me decía.

Hoy lo llamé por teléfono para preguntarle cómo su familia lleva la guerra. Aunque por ahora están bien, siente el corazón desgarrado por los bombardeos en torno a la Plaza Naqsh-e-Jahan. Aun así, conserva la esperanza de que la primavera regrese pronto a sus jardines. Antes de despedirse, recitó por teléfono un verso de Hafez:

“Lanzo este presagio: la estrella de la desgracia ha pasado, y la lucha ha concluido

Todo el orgullo y el lujo que el otoño desplegóha terminado finalmente a los pies de la brisa de la primavera”

Quizás, Isfahán también anhele sentir esa fresca brisa de la primavera.


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