Pilar Cortés
29 May
29May

La detención en Libia de activistas que se dirigían a llevar ayuda humanitaria hacia Gaza ha generado repercusión mediática y también nuevos interrogantes. Entrevistamos a Fernando Esteche, doctor en Comunicación Social, director de PIA Global y especialista en análisis internacionales.  

El lunes 25 de mayo el convoy humanitario Global Sumud Maghreb denunció la detención de varios activistas de diversas nacionalidades (entre ellos los argentinos María Paula Giménez y Lucas Ezequiel Aguilera, ambos directores del portal de noticias NODAL) que se dirigían hacia Gaza por vía terrestre para enviar ayuda humanitaria frente al genocidio palestino. Dicha detención se produjo tras cruzar el puesto de control militar 5+5 ubicado al este de Libia. Tras pasar varios días aún no hay información acerca del paradero de los activistas. 

A pesar de que el parlamento libio había declarado el año pasado su negativa a participar de proyectos de deportación forzosa o de desplazamiento de palestinos[1], la detención de los activistas puso en duda su posición frente al accionar del ente israelí. Sin embargo, cabe señalar que Libia no posee una democracia o un líder estable como para exigir que sus declaraciones y decisiones ‘’diplomáticas’’ se mantengan lineales a lo largo del tiempo.

Fernando Esteche afirma que ‘’la última vez que Libia funcionó como un Estado nacional con instituciones medianamente reconocibles fue antes de que la OTAN bombardeara el país hasta convertirlo en un taller de mecanismos rotos.

Lo que quedó después del asesinato del líder Muamar Gaddafi en 2011 no fue una transición democrática ni mucho menos, fue una implosión deliberada, un vaciamiento de poder que los países occidentales no supieron o no quisieron gestionar y que desde entonces se ha cobrado decenas de miles de vidas, generado un mercado de esclavos a cielo abierto y convertido al país en la puerta de entrada del tráfico de seres humanos hacia Europa.

Lo que existe hoy bajo el nombre de Libia no es una república ni una unidad política estable, es apenas un concepto geográfico, una colección de territorios controlados por milicias rivales que responden a señores de la guerra con lealtades cambiantes y con financiamiento externo que llega desde varios puntos del planeta, tiene dos gobiernos que se disputan la legitimidad internacional, un parlamento que legisla para nadie, una corte suprema que no puede hacer cumplir sus fallos y una población atrapada entre fuegos cruzados, extorsiones y una economía que sobrevive gracias al contrabando de petróleo y a las remesas de los migrantes que intentan huir.

La única posibilidad real de recomponer el rompecabezas libio, la última carta que quedaba en la baraja para intentar una salida negociada al desastre, era Saif al Islam Gaddafi, el hijo del coronel, formado en Londres, con contactos en las tribus del sur, con una visión de unidad nacional que muchos consideraban inviable pero que al menos era una visión. Su asesinato este año no fue solo la muerte de un hombre, fue el entierro definitivo de cualquier esperanza de ver a Libia reconstituida como un proyecto nacional. Sin Saif al Islam no hay figura de consenso, no hay líder que pueda sentar en la misma mesa a las facciones enfrentadas, no hay nadie que pueda decirle a los señores de la guerra que es hora de deponer las armas porque nadie les cree y nadie tiene autoridad moral para pedírselo.’’ 

-¿Qué relación hay entre el gobierno libio y el sionismo?

 ‘’En medio de este rompecabezas de violencia y fragmentación, la figura de Khalifa Haftar se erige como uno de los principales actores del conflicto, pero también como uno de los más mal interpretados por la prensa occidental que suele reducirlo a un rol que no le corresponde. 

Haftar no es un agente del sionismo ni mucho menos, es un producto mucho más complejo y local de las luchas de poder que atraviesan el norte de África y el Mediterráneo oriental.Para entender quién es Haftar hay que remontarse a la Libia de Gaddafi. 

Haftar fue un militar de carrera que participó del golpe de Estado de 1969 que llevó al coronel al poder, combatió en la guerra contra Chad en los años ochenta y en ese conflicto fue capturado por las fuerzas chadianas.Fue liberado como parte de un canje de prisioneros pero su relación con Gaddafi se tensó hasta el punto de la ruptura, desertó del ejército libio y se exilió en Estados Unidos, donde durante más de dos décadas vivió bajo la protección de la CIA y tejió los contactos que luego le permitirían regresar a Libia cuando el escenario fuera favorable.

Haftar no participó de la guerra civil de 2011, no combatió contra Gaddafi, simplemente apareció en 2012, cuando el país ya estaba en llamas, y comenzó a construir una base de poder en el este. Su Ejército Nacional Libio no es un ejército nacional en el sentido estricto del término, es una coalición de milicias, exoficiales gaddafistas, mercenarios sudaneses y tribus leales que responden a su mando porque les garantiza botín, seguridad y una cuota de poder en la región.

El principal aliado externo de Haftar es Egipto, y en particular el gobierno de Abdelfatah Al Sisi. La relación entre ambos es profunda y viene de años de cooperación militar y financiera; Egipto ve en Haftar un dique de contención contra la expansión de la Hermandad Musulmana, cuyas ramificaciones libias (como el partido Justicia y Construcción) fueron un dolor de cabeza para el gobierno de Sisi, por eso El Cairo financia, arma y entrena a las fuerzas de Haftar, y a cambio recibe estabilidad en su frontera occidental y un aliado en la disputa regional por el control de las rutas energéticas del Mediterráneo.

Haftar también recibe apoyo de Emiratos Árabes Unidos y de Rusia, con quien tiene buenas relaciones con el Africa Corps para el control en los yacimientos petroleros del este, pero su vínculo con Israel es mínimo o directamente inexistente. 

Haftar no coopera con el sionismo, no hay una alianza estratégica detrás de sus movimientos, no hay una línea directa entre Bengasi y Tel Aviv: quienes intentan leer el conflicto libio a través de ese lente están simplificando algo que no admite simplificaciones y reduciendo cuestiones de poder local, alianzas tribales y luchas por recursos a una banalidad geopolítica que no se corresponde con la realidad sobre el terreno.

La pelea de Haftar no es con el sionismo, es con el gobierno de Trípoli, con las milicias islamistas que controlan partes del oeste, con la Hermandad Musulmana y con cualquier actor que intente disputarle la hegemonía sobre el este y el sur del país, su proyecto es regional, no internacional, y aunque sus alianzas externas le dan oxígeno, su motor principal es el control de los recursos, especialmente del petróleo que bombea desde los campos del sur hacia los puertos de Tobruk y Bengasi.’’ 

-¿Por qué ocurrió esta detención de los activistas, qué intereses están en juego y por qué el gobierno egipcio, que financia a Haftar, no presiona para liberarlos? 

‘’La detención de Paula Giménez y Lucas Aguilera, los periodistas de Nodal que viajaban con el convoy de ayuda humanitaria hacia Gaza, no fue un acto aislado ni una decisión arbitraria de un comandante lunático: fue la consecuencia lógica de operar en un territorio donde no hay ley, donde cada milicia controla un tramo de ruta y donde cualquier convoy que intenta cruzar se convierte en rehén de los intereses de quien lo intercepta.

Las milicias de Haftar controlan el este de Libia, desde la frontera egipcia hasta las afueras de Sirte. Ese territorio no es un estado ni una zona ordenada, es un mosaico de feudos militares donde cada comandante tiene su propia agenda y su propia interpretación de las órdenes que recibe.El convoy internacional que intentaba llegar a Gaza para romper el bloqueo sobre el pueblo palestino representaba una amenaza simbólica para quienes no quieren que la ayuda llegue bajo otro nombre y también un botín económico, los vehículos, los suministros y los propios periodistas se convierten en moneda de cambio en una región donde todo tiene precio y nada está garantizado.

El gobierno egipcio de Al Sisi, que financia y arma a Haftar, tiene sus propias razones para no presionar demasiado por la liberación de los detenidos. La relación entre El Cairo y las milicias del este es compleja y está llena de matices, Egipto necesita que el este libio sea estable y que Haftar mantenga el control sobre los pasos fronterizos y sobre los flujos de migrantes y armas, pero no tiene capacidad para imponerle condiciones. Haftar no es un títere de nadie, sus alianzas son tácticas y cambian según el viento, y el gobierno egipcio sabe que si presiona demasiado puede perder un aliado valioso en una región donde los aliados escasean.

La comunidad internacional emitió comunicados de preocupación, las organizaciones de derechos humanos condenaron el secuestro, los gobiernos occidentales prometieron gestiones diplomáticas, pero la realidad es que en Libia no hay embajadas con capacidad de acción, no hay fuerzas de paz que puedan desplegarse en terreno, no hay una autoridad central a la que reclamarle nada, y los periodistas quedan atrapados en esa tierra de nadie donde las reglas las escriben los que tienen las armas.’’

 -¿Cómo se relaciona el legado de Gaddafi con el estado de caos actual y la imposibilidad de volver a unir el país después del asesinato de su hijo Saif al Islam? 

‘’Muamar Gaddafi no fue un tirano. Fue un líder popular, revolucionario, una de las figuras más lúcidas del sur global, un hombre que desafió al imperio durante décadas y pagó con su vida el atreverse a pensar un mundo sin tutelas ni colonias. Su Libia era un proyecto de independencia real, de soberanía energética, de distribución de la riqueza y de apoyo militante a las causas justas de África y el mundo árabe. 

La OTAN no lo derrocó para traer democracia, lo asesinó porque su ejemplo era peligroso y porque su país se había convertido en un bastión de resistencia al orden unipolar.

Occidente creyó que derribar a Gaddafi traería libertad y democracia, pero trajo caos, esclavitud, trata de personas, estados fallidos y una ruta de migración descontrolada hacia Europa. La lección no fue aprendida, no hubo arrepentimiento, solo la indiferencia de los que causaron el desastre y que ahora miran hacia otro lado mientras Libia se desangra y mientras sus ciudadanos huyen en barcazas hacia una muerte incierta en el Mediterráneo.

Saif al Islam era la única carta que quedaba para intentar una salida negociada, su perfil de moderado, su formación occidental y su capacidad de diálogo con las tribus lo convertían en el candidato natural para liderar un proceso de reconciliación nacional: su asesinato no fue un golpe más en una guerra civil, fue el fin de cualquier esperanza realista de ver a Libia reunificada en el futuro previsible.

La sociedad libia está fragmentada en pedazos que ya no pueden volver a unirse, las lealtades son locales o tribales, no nacionales, y el sueño de una nación unificada es hoy más lejano que nunca. Los jóvenes libios no conocen otro país que no sea este campo de batalla permanente, y las generaciones futuras heredarán un territorio en disputa donde la ley la escriben los que tienen las armas y donde el futuro se decide con balas, no con palabras.

La solidaridad con Paula y Lucas es necesaria, urgente y debe mantenerse hasta que sean liberados, pero también es necesario que el mundo entienda que no hay un gobierno libio al que presionar, no hay una fuerza de paz que pueda imponer el orden, no hay una solución mágica para un problema que Occidente mismo creó y luego abandonó a su suerte. 

Lo que queda es la tragedia de un pueblo atrapado entre fuegos cruzados, la impunidad de los que manejan los hilos desde sus capitales lejanas y la certeza de que Libia, tal como la conocimos, ya no existe y no volverá a existir en el futuro previsible.’’



  Por Pilar Cortés para Data Urgente



[1]https://espanol.almayadeen.net/noticias/politica/1987847/libia-no-ser%C3%A1-parte-de-ning%C3%BAn-proyecto-contra-la-causa-pales